lunes, 5 de abril de 2010

Hoyos en la carcel publica


Amigos, les presento a Juan Delcárcel, oriundo de la ciudad gótica Del Hoyo, pariente cercano de muchos amigos del trabajo pala-picota. Este hombre es experto en agujeros de extrema precisión pues es asalariado de muchos años en que trabaja a jornada completa realizando numerosos hoyos. Demas está decir que le pagan por hacerlos mas un 15% de asignación por hoyo consumado. ¿Herramientas?: artesano de la perforadora pública se especializa en perforaciones artesanales en la cárcel.

Pero, mire usté este hombre es fantástico y muy destacado y ya va contando tantas perforaciones que es titulado magister de lo mismo.

Y he aquí lo que ocurrió.

El amigo Delcárcel quedó preso por predicar en la vía pública la venida de NSJto con una botella de cerveza en la mano y tomado por la mano de un amigo homocinético y ambisexual.

Esperando una sentencia que no llegaba presurosa decidió, a manera de práctica profesional, cavar un agujero sin salida desde la cárcel pública hasta la misma de Rancagua, exenta de interrupcioones, trabajo que duró dos semestres y que no fue interrumpido por gendarme alguno, dada su experticia en la materia.

Así es amigo. Un túnel directo entre la cárcel pública y la idem de Rancagua. por allí escaparon varios compañeros presos engañados por la falsa idea de libertadad y creyendo encontrarla a la salida del túnel público hasta constatar que se dirigían sin peajes directo a la otra de Rancagua.

Créame amigo, que esta es una historia inverosímil para mi, mas no para los crédulos que no requieren ver la noticia escrita en el diario para hacerla fe y verdad cierta.

Cristobal Salinas-2010

jueves, 18 de marzo de 2010

No quiso estar antes


No quiso estar antes - aunque por instantes, dentro de su ansiedad por verla, lo pensó - sin embargo, de inmediato se dio cuenta que aquello en nada podría adelantar los hechos. Llegó a la hora exacta. A la de siempre. A la precisa, aquella que sólo había unos minutos de diferencia entre la llegada de uno y otro.

Se ubicó en la mesa de costumbre, frente al ventanal que era desde donde avistaba su llegada cuando ella descendía del transporte público y atravesaba la calle buscándolo con la mirada.

No quiso pedir lo habitual. La joven mesera pareció extrañar la orden, pero se inhibió de preguntar por su habitual compañera. Él tampoco dio pie para que lo hiciera. Tras la orden extendió el diario sobre la mesa como para demostrar que no quería hablar sobre el tema. Ni de eso ni de nada. Sólo mantenerse expectante a la llegada.

Tampoco quiso dejar que le hablara cuando la joven volvió con el jugo de damasco y al posarlo sobre la mesa arrastró su mirada sobre la de él que en ningún instante le volvió la vista.

De nuevo el diario lo volvió a llenar de preocupación y desesperanza. Las fotos con escenas de destrucción completaban todas las páginas y las crónicas parecían competir en ahondar cada vez el enorme volumen de la tragedia. Había pasado exactamente una semana de los hechos y aun las cifras de muerte y destrucción parecían seguir incrementando sin dar visos de completarse. El terremoto había cambiado la dinámica y la vida de los ciudadanos de la ciudad con su nefasto manto de horror y desolación.

Y de nuevo, tal como había ocurrido en los últimos días un doloroso malestar se le vino a instalar una vez más en el centro del estómago. Bebió con avidez su jugo temeroso de que de nuevo las nauseas se le volvieran a transformar en vómitos como ya le había ocurrido dos o tres veces durante la semana.

Si bien se contuvo durante un rato de mirar su reloj, sabía muy bien cuanto tiempo había pasado. Nunca había tardado tanto en llegar. Desesperado casi, volvió a coger el diario para examinar una vez más la lista de personas desaparecidas en la ciudad. El nombre Teresa aparecía sólo una sola vez en el extenso listado. Quiso tratar de reconocerla a través de aquel par de apellidos que aparecían a continuación en un absurdo intento de relacionarlos con su aspecto, la manera de ser y todo lo poco que conocía de ella y le dieran alguna pista acerca de su verdadera identidad. Cerró el diario con desesperación, aplastándolo con sus brazos contra la cubierta de la mesa.

Nunca decirse nada más que el nombre. El nombre verdadero, al menos. Pero sólo el nombre. Jamás ningún otro dato. Habían convenido que agregar más datos le quitaría todo el encanto a aquellas citas íntimas que concluían siempre bien entrada la noche, a la salida del motel de la segunda avenida dos cuadras más allá.

Nunca saber nada ni nunca comprometerse. Ni promesas ni planes conjuntos; nada. Sólo aquellas horas que a ambos tanto les complacían. Ese convenio tácito de darse felicidad para compartir ambas soledades, con el vértigo seductor y salvaje que para ciertas personas prodiga el hacer el amor con desconocidos.

Ahora sí no pudo evitar mirar su reloj y el nudo del estómago se le trasladó entonces a la garganta impidiéndole respirar. Desesperado se levanto de su asiento y con ambas manos comenzó a golpear su garganta. Rojo y con los ojos desorbitados cayó sobre la mesa para luego ir a golpear secamente su cabeza contra las baldosas.

-¡Se muere! – exclamó alguien tras revisar sus signos vitales.

Minutos más tarde una ambulancia retiraba su cuerpo casi exhausto.

Tras un rato y cuando la consternación parecía haberse disipado Teresa entró presurosa al lugar para examinar con la vista a quienes se distribuían a través de las mesas. Inquieta y agitada caminó hasta el fondo del lugar para cerciorarse que realmente él no estaba. Volvió a extender su mirada por todo el espacio y sin poder casi controlar su turbación se dejó caer sobre uno de los asientos para extender sobre la mesa el listado que extrajo desde su cartera. El nombre Mario, aparecía remarcado dos o tres veces en la extensa nómina de los desaparecidos. Miró una y otras vez hacia la calle y luego al mirar su reloj maldijo la tardanza del transporte que tras el terremoto había aumentado los tiempos de espera. Bebió de un sorbo el pisco sour que había ordenado, se puso de pie y caminó casi sin sentido la larga esquina de la avenida que pareció tragársela en la oscuridad de la fría noche de otoño.


ARMANDO ARAVENA ARELLANO - 2010

viernes, 12 de marzo de 2010

El mago

Hace algunos años, mientras en mi oficina revisaba papeles, cartas, mensajes y otros documentos a los cuales había que darles una solución, mi secretaria entró a la oficina y me dijo;

-Acaba de llegar un señor que no se identifica e insiste en hablar con Ud., ¿lo hago pasar?

Como primer impulso fue darle una respuesta negativa, pero tras unos segundos reaccioné pensando en librarme momentáneamente de los enredos que tenía con ese cerro de documentos y acepté la visita de ese inesperado personaje, quien me saludó con un

-Muy buenos días señor

Frase muy bien pronunciada y sin acento nacional alguno pero con un énfasis más bien humilde, de acuerdo con su aspecto personal.

- Bienvenido , ¿en que le podemos servir?

- Antes que nada me presento; YO SOY MAGO, y como tal, vengo a ofrecerle mis servicios

Esa vez su tono no fue de humildad ni tampoco de arrogancia sino que reflejaba convencimiento y seguridad.

Esta extraña presentación me desconcertó y le informé que no veía en que podríamos atenderle. De inmediato , y siempre en forma muy respetuosa me concretó la oferta de sus servicios.

- Tengo entendido que las empresas de su magnitud cada cierto tiempo hacen reuniones con sus clientes y distribuidores para presentarles sus nuevos productos y tarifas, ocasiones en las que es conveniente amenizar el acto con algo novedoso fuera de lo común. Para esa ocasión, un pequeño show de magia será de gran ayuda.

No obstante lo curioso de ese ofrecimiento, yo no estaba muy convencido , entonces este mago me hizo la siguiente oferta :

- Si Ud. lo estima conveniente, reúna por unos minutos su personal esta tarde al término de la jornada y yo le haré una presentación de magia sin costo ni compromiso para Ud., momento en el que podrá apreciar mi actuación.

Mas que nada por la influencia de mi subconsciente que me incitaba a olvidar aquel montón de documentos que tenía que estudiar y solucionar, y considerando la oferta sin compromiso, la acepté.

Esa tarde, parte del personal administrativo lleno de curiosidad concurrió a la cita a la sala de conferencias.

- Muy buenas tardes estimadas damas y respetados caballeros; vengo de un país muy al norte a ofrecerle unos minutos de sana y mágica distracción. Como responsable Mago inicio mi presentación solicitando que una de las damas tome varios sobres, escriba el nombre de algunas personas presentes que coloquen dentro un objeto personal de cada una y cerrarlo. Todo esto fuera del alcance de mis ojos y oídos. Para lo cual solicito guardar un prudente silencio y que mis ojos sean y permanezcan vendados. Posteriormente yo recibiré un sobre cerrado cada vez e informaré el nombre escrito sin verlo y su contenido sin abrirlo.

Efectivamente siempre con los ojos vendados recibió el primer sobre, lo palpó y se lo mostró detenidamente a la concurrencia durante algunos minutos para que todos vieran los nombres escritos en ellos . Posteriormente repitió la muestra solo a un sector de los empleados deteniéndose finalmente frente a uno de ellos siempre mostrándole el sobre dando su nombre y solicitándole si efectivamente ese era el suyo, lo que la persona confirmó. En seguida le pidió que recuerde mentalmente que objeto colocó en el sobre . Acto seguido, el Mago informa que se trata de las llaves del primer cajón de su escritorio.

Esas mismas circunstancias se repitieron con otro de los presentes donde determinó el nombre de la persona y el contenido del sobre que esa vez se trataba de una tarjeta de una empresa distribuidora de nuestros productos. Así mismo repitió estos aciertos a los nombres y contenidos de otros casos

Finalmente siguiendo el mismo proceso anterior se detuvo ante mi, siempre mostrándome el sobre que me pertenecía, dijo mi nombre indicando que el contenido se trataba de mi cédula de identidad con su correspondiente número . Además me solicitaba autorización para dar a conocer mi fecha de nacimiento a lo cual por supuesto accedí comprobándose su acierto.

Ante tan convincentes actos y varios otros no me quedó otra alternativa que contratarlo para una presentación ante una gran reunión que nuestra empresa tenía anteriormente programada en un salón de un hotel capitalino con todos nuestros distribuidores, la que fue todo un éxito gracias a sus variadas actuaciones mágicas, entre las que se contaban además de las ya relatadas otras que se describen a continuación;

A uno de los presentes el Mago solicitó escribir y llenar un gran pizarrón con números diferentes o repetidos hasta con tres dígitos cada uno en el más completo desorden, mientras él mantenía sus ojos vendados. A continuación se sacó la venda de sus ojos y miró el pizarrón durante unos treinta segundos. Después le dio la espalda al pizarrón y sin mirarlo empezó a repetir todos los números en el mismo orden escrito sin equivocarse . Luego preguntó si deseábamos que lo hiciera en orden inverso , lo que aceptamos y cumplió sin ningún error.

Otra actuación impresionante fue cuando anunció que iba a tratar de mover la maqueta de un avión que formaba parte del adorno a la presentación a nuestros distribuidores. Eso sí que advirtió que no estaba muy seguro de que le resultara. Se distanció de la maqueta a unos tres o cuatro metros y mirándola fijamente durante un minuto el avioncito empezó a temblar en forma espectacular.

Durante un tiempo he estado pensando cuales eran sus trucos, los que a la fecha he tenido que descartar y aceptar que este personaje era poseedor de extraordinarias dotes mentales.

Días después al despedirme, pagarle y felicitarle por su actuación le hice presente medio en broma, lo peligroso que era conversar con él, porque tenía el poder de leerle a uno la mente, y me respondió :

- Los Verdaderos Magos tenemos nuestro código de ética, y no nos aprovechamos en forma indebida de nuestras capacidades.

Acto seguido, se despidió y desapareció.


Carlos Guerra-2008

Cambio de piel

Su piel exudaba un cambio.

Era algo similar a lo que les ocurría a las pequeñas culebras de la isla que irremediablemente, y cada cierto tiempo, cambian su piel por otra nueva. Pero ella no era un reptil. Ella era Maru-Tahoe, mujer humana, alrededor de quién se habían tejido muchas leyendas de veracidad, entereza e indulgencia.

La noche de primavera era fresca. Abrió los ojos y entre la penumbra de ese cuarto muy cercano al mar distinguió a su lado, en la cama, al que hasta ahora había sido el compañero de su vida. Quiso tocarlo, pero su ser más íntimo – aquel de ancestrales raíces polinésicas y laponas – la detuvo.

Para qué despertarlo si todo en él era lo que le amarraba a esa vieja piel que esta noche gritaba por desperezarse y desprenderse.

¿Había sido su Príncipe Azul?.

Sí. Hacía muchos años, cuándo él era joven y robusto, había ganado la ancestral competencia del huevo del pájaro Manu Tara. Había saltado al vacío en el lugar más profundo del azul cobalto que allí mostraba el Pacífico y con brazadas magnificentes había derrotado a todos sus oponentes.

La noche de aquel día de gloria, él la había elegido y a la luz de una luna menguante, junto al volcán Ranu Raraku le había besado con miel en los labios y fuego en el corazón.

Después de muchísimos años juntos, con cuatro bellos y amados hijos ya mayores, él había envejecido y aún seguía siendo un buen hombre, un buen padre y una gran persona.

Se levantó silente y se encaminó hacia ese pequeño baño qué él había construido con una gran tragaluz que permitía el acceso de la blanquecina luz de la luna, y el que ella había plagado de plantas y helechos.

Se paró frente al espejo que había reflejado mil veces su jovial rostro, que había sido testigo de más de algún momento de excitación y lujuria entre ella y su hombre.

Lentamente se sacó la camisa de dormir y la dejó caer a sus pies.

El reflejo que le regaló el espejo le gustó. Pese a su somnolencia y a su pelo algo enmarañado, sonrió.

Frente a ella estaba una hermosa mujer de cuarenta y tantos años, de bellos ojos color caramelo, de una tez mate lisa que sólo predecía leves surcos y arrugas que le daban una belleza más madura, más interesante, más de mujer.

Sus labios carnosos ocultaban una blanca dentadura y su pelo negro ondulado le daba una exultante y exótica hermosura.

Bajó la vista. Su busto era pequeño pero armónico y redondo. Su cintura era el anticipo de un par de ánforas perfectas que conformaban sus caderas. Su ombligo, al que él graciosamente llamaba su “Rapa Nui”, igual que la isla, encaminaba hacia la piel menos mate limitando en su entrepierna majestuosa.

Su mente voló a tiempos pretéritos, a un momento puntual en el que ambos, su hombre y ella, desnudos en las blancas arenas de Anakena se había jurado el amor más profundo para toda la eternidad al hacer el amor y conjurar así la magia de su promesa.

Un repentino y forzado acceso de tos propia le sacó de su recuerdo, al oír un ruido. Pero no era más que un nuevo ritmo de ronquido de ese hombre que estaba en su cama, y que algún día había sido el hombre del Manu Tara.

Su mente la forzó a retomar el recuerdo de ese atardecer impúdico en la gran playa de las diez palmeras y los ocho mohais que dirigían su vista al Ranu Raraku y sus espaldas a la Polinesia.

El cuerpo de él y ella entrelazado y fundido en un solo ser placentero y lujurioso, de carne y de alma. El deseo más profundo, el amor descarado y todo lo que a ellos rodeaba, exhalaba pasión y vida.

Sus ojos se abrieron.

Su mano derecha se deslizó lentamente desde sus senos turgidos hasta su pequeño “Rapa Nui”, y siguió cadencioso camino a su propio volcán Ranu Raraku. Sus dedos fueron artífices de aquella confabulación de fronteras. Todo en ella fue una explosión. Había vuelto a Anakena.

Su cuerpo estaba mojado de sudor y deseo, su pecho palpitaba y la obligaba a jadear.

Sus piernas temblaban y su mano delataba la fruición de sus sentidos y su pasión casi perdidos.

Esa noche, después de muchas noches silenciosas, vacías y ásperas, ella por fin había cambiado su piel, había comprendido que todo sería diferente.

Ya no amaba a ese maravilloso hombre que había compartido con ella más de veinte años. No, desde esta noche de piel, de verdadera piel, ella se había vuelto a enamorar. Esta vez de ella.

Maru-Tahoe se puso nuevamente su camisa de dormir y se acostó donde siempre, junto a él. Una extraña mueca de satisfacción y profunda pena se dibujó en su bello rostro al quedarse dormida.


Roberto Cuadros-2008

Epifania


Tenía cinco hijos robustos, cara de zanahoria, que lloraban todo el día pidiendo comida. Un marido que lejos de ser comprensivo, llegaba justo al mediodía a almorzar y aunque ese era precisamente el horario de mayor ajetreo en la casa, la comida debía estar lista, los cabros mayores en su rincón sin decir palabra y con los mocos sonados, los más pequeños con pañales limpios y la guagua pegada a su teta, para evitar que llorara, aunque de tantos tirones ya su pezón parecía un elástico.

Ese día estaba un poco atrasada. La guagua lloraba y tenía fiebre, pero el Señor de la Casa no tardaba en llegar. Se apuró. Su corazón acelerado no cabía en su pecho y su rostro se enrojeció por los nervios. Se esforzó un poco más y recostó a sus tres hijos menores en hilera para cambiar pañales uno por uno. Rápidamente fueron saliendo sonrisas y potos secos, a la vez que gran cantidad de trapos mojados con pipí y demás desechos de los gordinflones que mientras más comían, más grande era el resultado. -Tendré que lavar de inmediato antes de pasar la casa con este olor- Pensó. Ese desagradable hedor seguro molestaría mucho a su esposo, y tal vez no quisiera comer, o más aún, le gritara lo de siempre "Ni siquiera pudiste ventilar la casa, puta floja".

Levantó la cabeza, respiró profundo, apretó los dientes y sentó a los cabros uno por uno en un rincón, cada uno con su juguete. Se acercó a la cuna de madera arrimada contra el muro cerca de la ventana para acostar la guagua y cuando levantó la cabeza su mirada perdida vagó por el horizonte a través de la ventana abierta y se quedó fija por largo rato sin expresión. De pronto un -!OOOHH!- de exclamación salió ahogado de su garganta y sus ojos se pegaron en el desastre que estaban dejando los catorce chanchos que se escaparon de su corral y se metieron sin pudores a escarbar el sembrado de papas.

Sin pensarlo dos veces, salió corriendo y gritando !fuera! !aale! !aale chanchos! dejando el montón de chiquillos lloriqueando en la enorme cocina de la casa, a cargo de su hermanito mayor, que era ya a sus 4 años debía hacerse responsable.

-!Cuida a tus hermanitos!, !Vuelvo al tiro!- indicó Epifania con voz acelerada.

El Caballero llegó y traía hambre después de una larga mañana de trabajo. Exigía ser atendido de inmediato, como corresponde al Dueño de Casa. Su mujer debía correr a servirlo, que pa' eso se casó con ella.

Era un hombrón fuerte, con espaldas anchas que soportaban el duro trabajo al que estaba acostumbrado. El debía proveer a su familia sin quejarse, después de todo siempre el hombre es el que trabaja. Su padre le había enseñado que había que esforzarse mucho ya que no recibiría ayuda alguna de nadie, menos de su mujer. -Las mujeres sólo flojean, exigen y se quejan de cansancio. -!"Hay que manijarlas cortitas y no aguantarles ni'una y de vez en cuando hay que darles duro pa' que entiendan"!- Le decía, mientras lo conminaba a tomarse otra cerveza. “Otra pirsencita pa' apagar la séh, hijo. Pa’ que te vai a ir tan temprano pa’ tu casa, con esta calore -.

Rosendo miró a los niños sin ternura y pasó directo al lavaplatos de la esquina a lavarse las manos. Se sentó a la mesa y aunque los niños le sonreían se quedó sin decir palabra. -¿y tu mamá?- preguntó por fin al mayor de los niños. El pequeño se encogió de hombros y no atinó a responder. Se paró y caminó de un lado para otro, furioso... esperando, pero ella no aparecía. Tenía mucha hambre, de modo que decidió hurgar en la olla del almuerzo, que permanecía caliente en una esquina de la cocina a leña aún roja por el calor.

Encontró un trutro de gallina, lo sacó con cuidado de aquella cazuela hirviente, agarrándolo firmemente del hueso de la pata para no quemarse y lo engulló lo más rápido que pudo, al mismo tiempo que sentía los pesados pasos de Epifania acercándose lentamente.

Su corazón dio un gran salto y sus ojos reflejaron el susto de un niño descubierto en una maldad. Miró a todos lados y se apresuró a buscar algo con que limpiarse la boca para tapar su cometido. Encontró un paño tirado en el suelo de tierra, cerca del lavaplatos. Lo cogió rápidamente y se limpió los restos de pollo, girando en un círculo sobre sus grandes bigotes de campesino. Volvió a sentarse en su lugar y esperó con cara de fiera embravecida a que ella entrara. -¿'Onstabas?. !Hace rato qui’stoy esperando mi comí'a!-, gritó a voces.

Epifania levantó la vista con desgano mientras empapaba con las mangas de su blusa las grandes gotas de sudor que escurrían desde su frente y corrían raudas en dirección a su boca. Miró a su esposo con la intención de responder, pero sus ojos cayeron directamente sobre el bigote de Rosendo y una gran mueca de risa encendió su rostro; de los largos y negros mustachos de su esposo, colgaban varios trozos de algo blando y amarillento, semidespedazado y como aplastado. Epifania rió; con sus ojos, con todo su cuerpo, con una risa fuerte, profunda y que retumbaba en toda la casa.

-¿De que´te reís, estúpida?-, preguntó furioso, -¿que tengo monos en la cara?-.
-!No!-. Contestó ella suavemente sin quitar la amplia sonrisa de su rostro, - tenís mierda -.

El rostro de Rosendo se encendió al mismo tiempo que levantó su pesada mano y la dejó caer con fuerza sobre el rostro de Epifania quien se encogió de dolor.

-Esto te va a enseñar a no faltarle el respeto a tu hombre, puta 'e mierda- gritó el hombre embravecido. -¿Que te habís figura’o que soy yo?-.

Salió de la cocina dando un fuerte portazo, mientras Epifania gemía de rabia y dolor encogida en un rincón y los chiquillos la rodeaban colgados de su pollera, muy asustados.

Aún con la furia reflejada en su rostro, Rosendo se dirigió a La Rancha. De dos zancadas alcanzó la puerta del cobertizo de madera que se encontraba casi junto a la casa y abrió la puerta con furia, propinando una fuerte patada a una de las gallinas que aprovechaba los sacos con lana de oveja amontonados en una esquina, para poner sus huevos. Aún con el rostro encolerizado se dirigió al espejo viejo y descascarado que colgaba de un clavo en el muro, justo sobre el lavatorio de plástico carcomido por el tiempo, que permanecía sobre un tronco redondo de árbol seco.

Llenó el lavatorio y sumergió las manos en el agua fresca tratando de buscar alivio, al mismo tiempo que levantaba la cabeza en forma inconciente para mirarse en el espejo. Vio entonces, los pedacitos de caca del pañal del chiquillo con el que se había limpiado la boca, aún incrustados en sus bigotes. Su corazón dio un gran vuelco y comenzó a latir aceleradamente, como si quisiera escapar de su pecho.

Se lavó la cara con jabón haciendo un fuerte ruido con sus manos al frotarlas duramente contra su rostro, muerto de ira consigo mismo y sintiéndose muy culpable del gran golpe en la cara de su mujer. Pero él sabía que un hombre que se precie de serlo, jamás debe reconocer que se equivoca, menos ante su mujer. Tomó su sombrero, llamó a su perro Cholo con un silbido y salió sin mirar atrás, tratando de olvidar lo que había hecho lo más rápidamente posible y repitiéndose a sí mismo - ¡las mujeres se lo merecen!-. El realmente pensaba que a todas había que tratarlas así para que aprendieran a comportarse y a respetar a su hombre.

Los árboles se mecían suavemente con el viento y el sol no dejaba de azotar su rostro con sus potentes rayos, mientras que el perro caminaba taciturno al lado de su amo, tratando de refrescar su lengua exponiéndola al aire cuan larga era, casi lamiendo la tierra del camino y dejando un reguero de baba que marcaba su paso.

Por esos días el calor era tan irresistible, que la tierra comenzaba a partirse en pequeños trozos, y el pasto se secaba irremisiblemente, mientras que los árboles parecían mirar con desesperación, clamando por un poco de agua antes de morir. Eran los días de la terrible sequía. Los días en que un hombre hubiese preferido estar bajo la sombra y bebiendo un refrescante trago de cerveza, antes que salir a trabajar. Pero la historia está escrita y un hombre debe trabajar duro, trabajar hasta que se revienten las ampollas de las manos y los callos de los pies lleguen a expeler vapor de tanto dolor.

Él nunca se quejó de cansancio. Tenía un poco más de cinco años y su trabajo ya era muy duro, pero jamás vio que la vida fuera distinta. Levantarse antes del amanecer para sacar la leche, separar mamones, amamantar los más pequeños, llevar las vacas al campo. De tanto correr de un lado hacia otro podrían contarse kilómetros y kilómetros recorridos. Sin embargo, había aprendido de su padre que ese era el castigo divino por haber sido desobedientes y por haberse dejado tentar por una puta mujer. Dios siempre sabe lo que hace y nadie está cuestionando el trabajo de los hombres. !Porque, pa' eso son hombres!, No?.

Sólo Dios sabe cuantas cosas pasaron por su mente, cuantas angustias diezmaban el espacio completo de su alma. Quería gritar. Gritar hasta perder la voz para desahogarse de ese tormento. Quería que las montañas repitieran su eco y lo ayudaran a pedir perdón.

Que los hombres jamás deben pedir perdón a una mujer, había aprendido de su padre. Había aprendido a no llorar, ni por dolor, ni por angustia.

Había aprendido que una mujer siempre es un estorbo, aunque siempre que estaba por allí cansado y hambriento, sólo pensaba en la Epi.

Recorrió los bosques y vagó por las grandes praderas mientras el viento del sur parecía haber olvidado soplar por ese día y el sol quemaba sin piedad la piel de su rostro. Fue deshaciéndose de sus tareas de una en una, hasta que todo estuvo listo sin darse cuenta. Ya la noche se acercaba y tenía mucha hambre, así es que decidió volver a casa. Caminó lentamente por el delgado sendero a la orilla de la cerca de alambres que impedían el paso de las vacas al sembrado de trébol, y a la distancia podía divisar la columna de humo que salía en forma ordenada del caño de su cabaña. Pensó en la comida caliente, la cazuela de pollo y el pan caliente que no comió en el almuerzo y su estómago crujió.

Avanzó con sus fuertes pisadas hasta alcanzar la puerta de la casa y abrió. Todo parecía tranquilo, la cocina a leña estaba casi apagada y la temperatura de la habitación era muy agradable. Aunque estaba un poco oscuro, con los últimos rayos de la luz del día pudo divisar a los niños en su rincón, jugando en silencio, calmados, casi sin hacer ruidos... en paz.

Guió sus ojos a través de la habitación lentamente tratando de encontrar a su mujer, siguiendo los hilos de luz que se colaban por entre las rendijas de la construcción, pero no estaba allí. -¿Donde estará?- Pensó, -Ojalá no esté tan enojá’ y se haya olvidado de la cachetá’ que le dí!-. Rosendo siempre creyó que las mujeres eran tan manejables. Un par de palabras amables y volvían a cumplir sus tareas con una sonrisa. Seguramente sería un moretón más en su rostro, pero ya le había hecho tantos y la Epi siempre olvidaba todo en un rato-.

Dio una nueva mirada a sus hijos, que parecían demasiado quietos, y salió en busca de su mujer. Caminó lentamente por el pasillo hasta la portezuela de madera. Quitó la amarra de alambre y continuó su camino oteando el horizonte oscurecido tratando de divisar algún movimiento, pero nada... sólo una delicada brisa fría rozaba su piel haciendo que todo pareciera perfecto.

Recorrió el campo, hurgando detenidamente los rincones, sin atreverse a llamarla. - Talvez no debí reaccionar así -, pensó mientras escudriñaba los lugares más alejadas y oscuros del campo. -Quizás no debí golpearla tan fuerte-. Seguramente estaba muy enojada y se tardaría días en volver a hablar con él o dejarle ver su suave sonrisa nuevamente.

No estaba por ninguna parte y Rosendo comenzó a desesperarse. Seguramente los niños ya empezarían a tener hambre y él no tenía ni la menor idea de como alimentarlos o cambiarles los pañales. Comenzó a caminar más rápidamente en dirección al enorme Sauco que se encontraba al final del potrero. A la Epi le gustaba descansar bajo su sombra y exprimir sus jugosos frutos directamente en su boca, dejando sus labios teñidos de un rojo profundo que la hacía ver mucho más bonita. A veces la observaba por largo rato, semiescondido para que ella no lo viera y disfrutaba sintiendo la alegría que irradiaba su mujer, bajo ese frondoso árbol.

Dejó sus pensamientos volar mientras sus pies se deslizaban sin darse cuenta hacia ese lugar esperando encontrarla allí. Ya se había venido la noche y estaba bastante oscuro, pero algunos delicados haces de luz se colaban entre las hojas del Sauco, permitiendo que Rosendo pudiera distinguir un pesado bulto que colgaba de una gruesa rama, meciéndose suavemente a su propio compás...

La tranquila tarde sólo se vio alterada por un grito desgarrador que atravesó los campos y fue repetido una y otra vez por el eco que parecía no olvidar los enormes ojos negros y los delicados labios rojos de Epifania...


Josefa Nahuelpan-2008

La pintura

Ricardo, hacía 18 años que estaba casado, tenía tres hijos y trabajaba en su antigua casona, en su lugar de inspiración, para trabajar en su oficio de pintor. Su señora aparecía allí dos veces al día llevándole cosas de comer, entrecruzaban algunas frases donde estaba presente la laboriosidad del hombre, siempre muy ocupado. Sus hijos intentaban no interrumpirlo para evitar problemas posteriores en la mesa, en la cena.

El pintor tenía esbozado en el bastidor, la figura de medio cuerpo de mujer y había comenzando la segunda etapa: la pintura al óleo.

Sobre la tela, emergía el rostro era de una joven de tez blanca, enrojecida por el frío, pelo negro, negros ojos penetrantes muy bien logrados, que miraban fijo al pintor. Cuando le estaba dando una forma muy real a la nariz, un gesto de enojo en ella surgió a la vista del artista, que antes no había notado. Estuvo observándola desde diversos ángulos y distancias, entrecerrando sus párpados para detectar luces y sombras, hasta que decidió terminar por esa tarde.

Al día siguiente destapó el lienzo y comenzó a observar nuevamente el gesto del día anterior, y no encontrando nada especial, siguió pintando prolijamente su boca entreabierta, el mentón,… dio algunos retoques al pelo que caía suelto sobre los hombros, para seguir completando el torso, brazos y cintura. Como artista fogueado observó la obra desde diferentes ángulos, para comprobar cómo estaba quedando.

Miraba y miraba el pintor, arriba, abajo, a un lado y otro cuando de pronto sintió una voz que le murmuraba suavemente:

-Maestro ¿Por qué me hiciste tan fea?

El pintor no podía dar crédito a lo que ocurría

-¿Tú puedes hablar? Estoy enloqueciendo. Puedes hablar… No te hice fea ¿cómo puedes saber si eres bella o no, si no te has visto en un espejo?
-Mientras me pintabas ayer, el bastidor se reflejó en el vidrio de la ventana y pude verme. Al sentirme fea y vulgar, tenía que expresártelo de algún modo.
-Te traeré un espejo para que te veas en él y luego me dices que es lo que no te gusta.
…aquí está, obsérvate bien y dime cual es el error que cometí contigo.
-¿Qué me dices ahora? ¿Cuál es tu reproche?
-Me habría gustado ser rubia, tener ojos azules, mi piel blanca y no roja.
-Pero tú estás loca mujer. He pintado lo que yo he querido, yo te he creado así, bella, joven, sensual. Cualquier hombre daría su vida por tener alguien así a su lado.
-Me hiciste pobre, porque mi ropa es pueblerina, no tengo joyas, ni alhajas,… yo aspiro a más.
-Te equivocaste conmigo, porque no pinto a los nobles, ni a los burgueses. Pinto lo que veo alrededor, a gente sencilla, a la gente de buen corazón, pinto al pueblo.
-¿Quién te dijo que yo era de buen corazón?
-No me interesa quien me dijo o no me dijo. Simplemente pinto lo que me nace. No me hables más, mal agradecida, porque si no, te voy a envejecer hasta que parezcas enferma y con dolores, en tu lecho de muerte.

Aquella noche el hombre se desveló con lo que había ocurrido. En medio de sus desvelos, sin querer, despertó a su mujer, la que preguntó qué le ocurría, y él le contó largamente con muchos detalles.

Al día siguiente, frente a la pintura se encontraban la señora de artista con sus hijos y por más que miraban con curiosidad la tela, concluyeron que era tan normal como todas las demás.

Días más tarde el pintor se puso a trabajar en aquella figura, blanqueando algo su piel, le hizo un elegante decorado a su vestido, le arregló algo el cabello, destacándole sus ojos verdes, y aquel cuadro comenzó a irradiar tanta alegría en el rostro, que una vez terminado, los compradores ofrecían cada día más por llevárselo, pero su creador nunca quiso, ni se atrevió a venderlo.

El artista observaba diariamente aquel rostro que lo alegraba, y terminó por encontrarlo su obra maestra. Sus conversaciones con la hermosa joven del lienzo lo cautivaron hasta que perdió la cordura. Desde entonces nunca más quiso salir de ese cuarto para regresar con su familia. Cierto día su mujer lo encontró tan ido, con la vista perdida en el retrato. Semanas después, el pintor se encontraba muerto por ese extraño amor.

Días después del funeral, un notario leyó su testamento ante su familia y amigos íntimos, quedando todos muy consternados que su hija Renata, la joven del lienzo, era la única heredera.


Wilfredo Youlton-2008

Anakena


En verdad, Raúl se estaba aburriendo soberanamente en la fiesta de cumpleaños de su amigo Ricardo. A última hora Teresa, su prima, había desistido de acompañarlo, debido a una alergia rebelde que la afectaba. Como un cazador furtivo había examinado a todas las mujeres que llenaban en ese momento el amplio salón, sin encontrar nada rescatable. Aquellas que le resultaron atractivas estaban acompañadas de sus respectivas parejas y había otras no tan jóvenes ni hermosas que, al igual que él, realizaban su propia cacería.

Bebía desganadamente su tercer trago cuando advirtió la entrada al recinto de una mujer que, a primera vista, calificó como fabulosa. Morena, estatura media y un cuerpo escultural que parecía querer escapar del ceñido vestido rojo que lo aprisionaba. Ojos verdes y unos labios carnosos y sensuales completaban esta visión que fascinó a Raúl. Y más extraordinario aun le resulto el hecho de que la mujer estaba sola.

Lentamente se fue acercando a ella y en cuanto escuchó una melodía romántica la abordó respetuosamente:

-Perdón, bailamos…

Ella lo miró un poco sorprendida para aceptar luego con un gesto de cabeza.

Después de una conversación inicial muy formal referida a la fiesta misma, Raúl decidió iniciar su ofensiva mientras bailaban.
-Cómo te llamas…. Le dijo con suavidad.
-Anakena…. Respondió ella como en un susurro.
-Anakena…. Me parece un nombre muy hermoso. Fue el comentario de él.
-Es de origen pascuense ….Agregó la mujer. Fue el deseo de mi abuelo, que nació en la isla.
-En realidad, continuó Raul. Es un nombre maravilloso, que sugiere cosas muy lejanas y misteriosas. Y, pensando que había encontrado el tema de enganche ideal, cerro los ojos tratando de acercar más su cuerpo al de la mujer y de apoyar su mejilla contra la de ella.

Pero, en ese momento sintió que le tocaban el hombro, expresándole:
-Perdon, me permite….

Raúl, entonces, se dió vuelta y se encontró con un hombre joven, alto , bronceado, macizo y de buena estampa, quien lo desplazó en forma suave pero con firmeza, para tomar luego a Anakena y salir bailando con ella.

Al momento de alejarse , la mujer sonrió con picardía a Raúl y le dijo:

-Es mi novio…

Sorprendido y abochornado, Raul inició la retirada hacia uno de los rincones del salón, procurando hacerlo con la mayor dignidad y pasar inadvertido.

Tras paladear pausadamente el primer trago que tuvo a la mano e intentando superar la molestia y vergüenza pasadas, se preguntó con rabia:
-Ana…, Ana cuánto se llamaba la galla …


Jose Arjona-2008

miércoles, 3 de febrero de 2010

Remedio de dioses

Tenía razón mi padre. Creí que nadie podría notar lo de mi linaje. Pensé que a los hombres ya no les quedaba memoria, que por jugar a los dioses, ya no sabían recordar.

Quizás algo en mi rostro delata mi origen, a lo mejor aún les queda un vestigio en sus estrechas mentes.

Sí, todo entre los hombres parece estrecho. Sus rostros son enjutos, necesitan dos ojos para ver, sus pequeñas narices ya no huelen...¡Claro! ¡Cómo soportar tanta fetidez! Estos olores insultan. Sus cabezas son las pequeñas, parecen informes pigmeos. Mi rostro ingente, mis largas y poderosas extremidades deben producirles esos profundos suspiros, esa reverencia con la que encogen sus diminutos cuellos cuando pasan pro mi lado. Padre mío, me decías que mi cuerpo, hijo de dioses, podía parecerles monstruoso a estos hombres sin dios. Mi rostro los estremece y no pueden mirarme. ¡Ay! ¡Todo es tan estrecho! Los automóviles quiebran mis pasos, los grandes edificios me acosan. Pero ellos saben quién soy. Me sumerjo en este subterráneo, en este tren de seres que se empujan, se insultan, luchan por un pequeño espacio de subsuelo... ¡Aquí hace un calor de infierno! Pero no han olvidado mi procedencia y dejan un círculo libre alrededor mío. Aunque me cuesta respirar, al menos sus asquerosos, plebeyos sudores no se pegan en mi piel. Este hedor de hombres me revuelve el estómago. Debí hacerle caso a mi padre. Debí quedarme en casa adormecido con la miel de las tierras de mi madre, con aquel opio del Olimpo.

Si avanzo una estación más la putrefacción va a impregnarse en mis vestiduras, en mis enmarañados cabellos. Subo con esta escandalosa manada por una escalera dueña de su movimiento. ¡Escaleras que suben peldaños! Los hombres han sabido reparar sus olvidos. No parece difícil reemplazar a los dioses. ¡Qué dirías tú, el de los alados pies, poder escalar con esta rapidez y sin la ayuda de Zeus!

Estos hombres ya no saben qué es arriba y qué es abajo. Sus calles y sus plazas parecen subterráneos, el asfalto refleja también su cielo. ¡Esto es insufrible! Mi padre tenía razón, tenía razón...! ¿Pero por qué ya no estás para detenerme, papá, para transportarme a las regiones de las divinidades y hacerme desistir de la gente pegándose a las vitrinas, del mareo de los anuncios y de los hombres que corren?! ¡Los hombres no dejan de correr!

Siento náuseas. ¡Padre mío, siento náuseas! No he podido hablar con nadie, quizás no puedan entender mi lenguaje. Todos van apurados, se pasan, se traspasan..., Sí, han sabido sustituir a los dioses y pretender que los otros cuerpos no los detienen, no frenan su asquerosa carne. Nadie los toca, nadie huele sus miembros putrefactos. Avanzan, padre, avanzan desesperados.

Bueno, todavía algunos reparan en mi presencia, se detienen frente a mí y, en señal de respeto, fijan su vista en el pavimento. A veces, lo dudé. Hubo veces en que no te creí, padre mío. ¡Sí! Mi rostro es de sol. Ninguno de ellos resiste mis ojos de fuego, mi pupilas libres de las órbitas del destino, mi nariz real que expele vientos del Olimpo... Padre, nadie se detiene a mirarme.

Entre la multitud se me oprime el alma. Mi palacio y mis jardines, a los que injurié y llamé "cárcel de dioses", "dorada jaula", parecen en mi recuerdo más espacioso. Los fríos muros de mi habitación me parecen ahora eternos. Anhelo, desesperadamente, el rincón bajo la escalera, el aire de los peldaños.

No, no lo he olvidado. Sé que la desesperación es el veneno de los hombres. ¡Tienes razón! ¡Mil veces tienes razón! Quizás deba volver antes de que su desesperación toque esta carne, este resabio de hombre del que mi divina madre no pudo liberarme.

¡Es que los dioses están muy solos! Sé que es mala compañía la que busco, pero no estás, te fuiste. ¡Padre mío, te fuiste! Y estos rostros se parecen tanto al tuyo, llevan maletines como el tuyo...¿Esconderán también exquisitos manjares?

No debiste dejarme. Mi madre no debió permitirlo. Yo vi cuando te arrancaron del lecho. Tú no querías, me pediste que me apartara, que volviera a mi habitación, pero hablabas extrañas lenguas y yo vi cómo te llevaban. Ella no estaba. ¡No estaba!

Sí, lo sé, las diosas no saben las culpas, no tienen culpa ni memoria. Debiste indicarme mejor el camino al sagrado monte. Reviso mapas, el globo da vueltas y vueltas sobre tu escritorio, pro no encuentro caminos, no hay señales.

Decías que me amaba como a sí misma y que era todos tus pensamientos, pero me olvidó, ella me olvidó. No me permitió borrarla de mi corazón desgranado, pro ella, la diosa, se hizo la desmemoriada. Nos abandonó porque no pudo convertirnos en dioses. Porque, a pesar de sus divinas entrañas, tú mezclaste tu sangre con diamantes y ya no hubo transparencia. Las piedras rojas son volcánicas, dominio del Hades, y no se permiten en los países olímpicos. La divinidad sólo admite transparencias.

Si, padre, ella, la más inteligente de los dioses, nos olvidó por soberbia. Su poder no alcanzó para llevarnos a su cielo y no hay nada que su poder no alcance. Éramos nada y ella no podía amarnos, no podíamos ser todos sus pensamientos, porque ella, la reina de Atenas, no podía cargarnos hasta el Olimpo. Ahora, sólo quisiera saber si su rostro de diosa se parece al mío...

Unos chillidos de bestia hieren mis oídos. El llanto feroz de un niño me trae de regreso a la calle, a este calor insoportable, al tumulto pegajoso. Un niño llora con chillidos de cachorro recién parido. Un niño permanece paralizado, gritando, frente a mí. Su madre lo coge de la camisa e intenta arrastrarlo con ella. El está lleno de terror, pero sigue petrificado en el pavimento y su dedo de filuda roca se clava en mis entrañas y brota sangre. Sangre, padre mío. ¡Sangre roja! ¡Sangre de hombres!


Matilde del Olivar - 2000

Nadie entiende a las mujeres

Apenas recuperado de la trombosis, Remigio propuso matrimonio a su amante. La mujer suspiró, pensando, cuántos años había esperado esas palabras. Contempló al hombre, el ojo derecho lo tenía abierto, rígido, mientras pestañeaba contínuamente con el otro, las manos le temblaban, sudaba, pasándose un pañuelo por las sienes.

- No volveré a vivir con mi mujer, no regresaré al trabajo ni a la rutina, ¿para qué? uno se muere el día menos pensado.

- Te recuperarás, contestó la mujer pensando en lo que quedaba de aquel hombre.

Lo conoció un día de marzo. Sentados en la misma aula comenzaron los estudios. Era hermoso, jugueteaba con el lápiz, llevándolo a los labios, o golpeando el banco, mientras el profesor dictaba la cátedra.

Le ayudó a estudiar, colocaba las pruebas visibles para que las copiara. Los meses se convirtieron en años. Magdalena redactó la tesis de ambos.

- Mi mujer se quedará viviendo en su casa, nosotros nos iremos al campo. ¿Qué me dices Magdalena, te gusta la idea?

Ella pensó en las tardes pasadas juntos, los árboles inclinados por el viento, el olor a ciruelos en flor, el ladrido de los perros, la inmensa felicidad que ella sentía entre sus brazos.

- Mi hijo mayor se quedará a cargo de la empresa, tiene edad suficiente para asumir responsabilidades.

- ¿Qué edad tiene tu hijo?

- Veinticuatro años.

El había dicho -Te amo Magdalena, pero no deseo una familia. Quiero viajar, vivir, mujer de hijos atan.

Tenían veinticinco años.

- ¿Qué dirá tu mujer, si se lo dices?

- No lo sé ni me importa; lo que me quede de vida deseo compartirla contigo. Te amo, Magdalena.

- Ella te quiere.

- Seguro, ¿pero a qué viene esa pregunta?

- Estaba recordando.

- Nada de nostalgia, tenemos el futuro, cuando se ha estado a punto de morir, se comprenden muchas cosas.

Magdalena nunca había estado enferma. El dolor y la amargura de ser abandonada no puede considerarse una enfermedad. Estuvo semanas sin querer hablar, postrada en la cama, cuando supo de la boda de Remigio.

Nadie resiste una rica heredera, comentaba Sebastián, mientras la hacía beber café y la paseaba por la pieza. No te quedes dormida, no te vas a morir si puedo impedirlo, eres una estúpida te enamoraste de un cafiche que no vale nada, ¡no te desmayes, te llevo al hospital quieras o no quieras.

- Me encontré con Sebastián, dijo la mujer pasándole un vaso con agua, fuimos juntos a comer, sigue casado y tiene varios hijos.

- El mecenas del curso, haciendo siempre favores, estará viejo y barrigón.

- Se considera delgado y con bastante pelo.

Remigio se pasó en forma maquinal la mano por la calvicie. ¿Tratas de molestarme? No lo conseguirás. Esoy tan dichoso de poder hablar, moverme, ni siquiera la cabellera de Sansón, conseguiría irritarme-Además no has contestado a mi pregunta.

No puedo creer que sigas con Remigio, no sientes amor por ti misma Magdalena? Se casó con otra y ahora eres su amante. Sebastián se mecía el pelo mientras hablaba.

- Basta, no me digas esas cosas.

- Estás aferrada a un maniquí, no quieres enfrentar la vida, no escucharás de mi la sublime palabra amor para justificar lo que te has hecho Magdalena.

Cuando despertaron abrazados, se preguntó qué poder tenía Remigio sobre ella; Sebastián era y había sido eficiente, dentro y fuera de la cama.

Entró una enfermera a tomar la temperatura; se marchó anotando cifras.

- Mañana se lo digo a mi mujer, mi decisión está tomada, dime Magdalena, ¿estás contenta?

- Cuánto dinero tienes? - preguntó ella.

- Bastante.

- Has hecho solo malos negocios en tu vida

- Era dinero de mi mujer, para que preocuparnos, tenemos la casa de campo, y mi profesión

- Mi casa y mi profesión, querrás decir, tu jamás has ejercido.

- ¿Qué pasa Magdalena? El hombre trató de incorporarse. Al hacerlo, resbalaron las frazadas dejando las delgadas piernas al descubierto. -Por favor, no vamos a comenzar una nueva vida peleando.

La mujer lo ayudó a recostarse, esponjó los almohadones a su espalda, besó la frente del enfermo. Remigio...Remigio...susurró. Luego, incorporándose con presteza, se dirigió a puerta.

- No voy a casarme contigo, conserva tu esposa, no vas a encontrar a otra que se haga cargo de lo que queda de ti.

Salió de la pieza seguida por la mirada rígida, mientras el ojo sano pestañeaba sin cesar.


Natacha Bañados - 2000

El Guaton Guajardo



- Julio Guajardo Salinas - interrumpió bruscamente la lectura. La vista se la quedó adherida a ese nombre. Lo repitió a media voz alta como para que el sonido le ratificara lo que el conjunto de letras significaba.

- Ju - lio Gua - jar - do Sa - li - nas - el sonido de las sílabas lo sobresaltaron - el guatón Guajardo - agregó un instante después cerrando el diario, como si éste ya hubiese cumplido su cometido. Si bien aquella noticia ya no era tal porque de una u otra forma algún día sabía que la podía encontrar, en los hechos el tiempo tan sólo había aminorado la conmoción.

Largo rato permaneció aprisionando las hojas con su puño. La suave brisa marina de la mañana pareció querer arrebatárselo por un instante, mientras su vista, miraba sin ver, los techos de las casas recortados en caprichoso escorzo sobre el espeso cobalto del mar difuso tras la niebla.

- Guatón Guajardo - repitió en un suspiro después de un rato y se puso lentamente de pie.

A media mañana, mientras hacía correr la plancha por la geométrica línea del pantalón de su terno negro dejó que su mente saliera al encuentro de su compañero.

- Guatón Guajardo - dijo y sonrió sosteniendo la plancha en el aire - carajo - agregó después cuando lo vió aquella mañana en su escritorio mordiendo su eterno lápiz de madera. Había entrado un vendedor de camisas y todos se agolpaban en torno a él para elegir y encalillarse.

Sólo cuando los demás ya habían pasado se acercó al vendedor:

- ¿Cuánto valen? - dijo con estudiado desinterés.

- Seis mil escudos, señor - le respondió presto el hombre.

- ¿Cuándo se pagan? - el mes que viene.

Revisó minuciosamente las camisas que quedaban en las dos o tres cajas y permaneció en silencio con el lápiz en la boca.

- Necesito... - dijo después de un rato que el vendedor se mantuvo expectante - tres de esta, tres de estas otras y seis de aquella.

El hombre anotó nervioso en su libreta y luego le pidió que le diera su nombre.

Al día siguiente y a primera hora le hicieron llegar su pedido. A la hora de almuerzo el guatón Guajardo cogió el paguete y salió de las oficinas en la Estación Central, cruzó la Alameda, caminó una cuadra hasta Romero y en el local de la Caja de Crédito Prendario entregó las camisas. De vuelta a alguien le vendió el vale y a la salida, caso jubiloso, invitó a comer perniles donde El Jaque.

Apoyando el pantalón sobre el costado de su pierna revisa una y otra vez la raya. Sólo cuando comprueba la precisión geométrica de ésta se comienza a vestir. Finalmente se calza su sombrero y cuando el espejo de la puerta del ropero le señala que todo está perfecto, sale de la casa para coger el ascensor que lo dejará en el plan para tomar el bus a Santiago.

Por la enorme ventana del inmenso vehículo deja correr su vista que se pierde en el ocre de la costa lejana, que circunda el mar en el otro extremo de la inmensa bahía. Tras las últimas casas, precariamente ancladas a las laderas de los interminables cerros, ha vuelto a aparecer la figura del guatón Guajardo en su escritorio, ocupando ahora, el otro extremo de la amplia y antigua oficina.

Entonces, cuando se aproximaba el medio día recuerda que apareció el vendedor de camisas y de uno por uno se le fueron acercando todos los de la oficina para cancelarle.

Sólo faltaba el Guatón Guajardo. Después de un rato el hombre decidió acercarse a su escritorio.

- Don Pedro ¿me permite?

- ¿Cómo?

- Sí, ¿puedo cobrarle las camisas?

- ¿Qué camisas?

- Las camisas que le mandé el mes pasado. Ud. mismo las eligió. Aquí está - dijo el hombre mostrándole la libreta para que viera - son doce camisas a nombre de don Pedro Sepúlveda.

- Ah, ¿Pedro Sepúlveda?, no ese no soy yo. Mi nombre para que Ud. lo sepa es Julio Guajardo Salinas. ¿Ve?, aquí está mi carnet por si tiene alguna duda - dijo colocándole el documento delante de los ojos.

El hombre lo miraba con los ojos desorbitados sin atinar a hacer ni decir nada.

- Pero si Ud. mismo me dio ese nombre...

- ¿Cómo se le ocurre?, ¿Ud. cree que soy un sinverguenza?, por lo demás ¿ve Ud. que esté usando alguna de sus camisas?.

- Y ahora, déjeme trabajar tranquilo porque estoy muy ocupado - dijo señalándolo con su inconfundible lápiz.

Ahora, a través de la ventana comienzan a aparecer los bosques de pino sobre la tierra rojiza y una sombra fría parece hacer reverencia al paso presuroso del bus hacia Santiago. El guatón en su escritorio rodeado por todos los de la oficina, que después de un rato de seriedad tras la salida del vendedor, han reventado en un ataque de risa.

Entonces, saca de nuevo el diario para ratificar la hora:

"Sus funerales se efectuarán en el día de hoy a las 16.00 hrs. En el Cementerio General, puerta Recoleta.


Armando Aravena - 2000

martes, 29 de diciembre de 2009

El ultimo sueño del Kaiser

Por instrucción del Kaiser Wilhem II, preocupado porque la guerra se había estancado luego de dos años, al final de 1915 se ordenó a los científicos, inventores, personas de ingenio, para que hicieran el aporte necesario en todos los campos de la ciencia, orientados a la destrucción del enemigo y a romper el equilibrio fatal, que tantos muertos había causado a su imperio.

Entonces, al año siguiente comenzaron a aparecer aportes luego conocidos, como el magnífico cañón Berta, que con un alcance de 70 kms., y desplazándose sobre los rieles de tren, podía destruir ciudades francesas.

Poco a poco el ingenio germano, descubrió que sus ametralladoras delanteras fijas de sus aviones, podían disparar sin tocar los giros de su propia hélice y la guerra aérea cobró más importancia.

La expedición que años antes había subido los Himalayas, había descubierto cavernas donde habitaban desde la prehistoria los dragones que escupían fuego por la boca.

Algunos kilómetros al norte de Katmandú, los alemanes montaron sucesivas expediciones hasta que un lugareño les enseñó como se podía montar y volar ese animal, remontar a los cielos batiendo las alas y descender a grandes velocidades escupiendo fuego a voluntad del conductor. El hallazgo se hizo en la más absoluta discreción. Los dragones fueron transportados en jaulas especiales y conducidas a la tierra del vals.

Los escuadrones aéreos con aviones de triple alas, recibieron a estos 63 dragones escupe fuego, a cargo de un nepalés y sus ayudantes, que abatirían a los aviones enemigos en los cielos de Francia, atacando las trincheras silenciosamente desde un lugar inesperado y así acabaría esa guerra, transformándose en victoria para el Reich.

El alimento de los dragones era pasto seco y bebían parafina con ajo, que suplía el oleoso néctar de las plantas nativas. El ruido de vuelo era sólo el batir de sus alas, que se escuchaba a una cuadra. En su cautiverio debían usar un bozal metálico, que impidiera echar fuego por la boca. Algunos soldados fueron quemados por el descuido en su uso, al asear los establos.


Los primeros animales voladores lo hicieron con un piloto domador, que los fustigaba con un látigo de puntas metálicas. Estos llevaban una montura sobre la base del cuello. De pronto el latigazo de un piloto con falta de experiencia le daba en el ojo al dragón en pleno vuelo y éste giraba el cuello y lanzaba una llamarada, cayendo el piloto al vacío. Entonces crearon la cabina con parabrisas antifuego, para protección del conductor.

Comenzaron los vuelos en escuadrilla. Habían designado un capitán a cargo. Subían, se remontaban sobre las nubes, y el ascenso seguía hasta que algunos pilotos se congelaban o perdían el conocimiento, cayendo desde grandes alturas. Aquellos dragones que volaban sin conductores, regresaban a los Himalayas y se perdían para siempre.

Mientras tanto la guerra continuaba en las trincheras. Ahora atacaban los franceses e ingleses y eran barridos por los prusianos. Después eran los alemanes y austriacos quienes producían el asalto y eran diezmados por el bando contrario. En dos años, a veces avanzaban o retrocedían doscientos metros.

El ingenio alemán hizo que se fabricaran las primeras cabinas termo presurizadas, con oxigeno para que sus pilotos no desfallecieran con la altura; ya se habían realizados importantes progresos con los dragones. Para mantener la presión de la cabina, inventaron unas palancas que castigaban a los animales voladores, cuando no obedecían.

Finalmente la perseverancia germana logró domesticar a estos extraños voladores pirómanos, que subían en forma helicoidal sin necesitar pistas. El capitán de bandada los guió al campo enemigo y luego de observar sus hangares y aviones, descendieron en picada, logrando incendiarlo todo, quedando el enemigo en esa localidad, sin defensa ni ataque aéreo.

Aquellos fueron condecorados personalmente por el Kaiser con la Cruz de Hierro.

La hazaña salió en los periódicos del bando vencedor. Los del otro lado no se atrevieron a publicar nada para no bajar la moral de sus tropas, ya muy por los suelos.

El capitán de bandada germano fue ascendido a comodoro del aire y se dedicó con mayor ahínco a supervisar todas las operaciones de dragones. Todos los nobles querían pertenecer a la bandada de dragones voladores. Comenzó a llegar una elite más audaz.

Muchas incursiones en campo enemigo se hicieron con total éxito. Trincheras, estaciones de trenes, campos aéreos, bases navales, fueron incendiados. El enemigo huía aterrado del campo de batalla. El alto mando enemigo estaba por aceptar la rendición, cuando el destino contra-atacó al Kaiser con un arma insospechada: Las bajas temperaturas bajo cero que congelaron el agua, evitaron que el insuficiente ajo sembrado pudiera germinar y madurar en el período de cosecha.

Paralelamente, debido al desabastecimiento por la guerra, las insuficientes importaciones, hicieron que los animales no soportaran otro alimento y sin él, sólo lanzaban eructos de fetidez incomparable, pero sin fuego para incendiar. La mejor flotilla aérea estaba en desuso.

Finalmente tuvieron que dejar en libertad a las 54 bestias que remontaron vuelo rumbo a los Himalayas.

La guerra terminó, con el resultado que todos sabemos, pero el final de aquella podría haber sido distinto.

Sorprendió a los vencedores que ocuparon Berlín la enorme producción de ajo que hubo ese otoño. Nadie sabía de ese tipo de aficiones entre los germanos.


Wilfred Youlton
2008

Dieguito

Por todos los cuentos que quedé debiendo en tu infancia, ahora trataré de inspirarme y brindarte una historia como mi regalo en tus 18 años y el pago de mi deuda.

A lo mejor voy a comportarme como una tonta sentimental de fin de siglo, y con muy poca técnica de escritura, pero, lo haré amparada en la idea de que los seres humanos tenemos diferentes formas de sentir y expresar y de que toda acción creativa surge de un estanque de energía sin forma que se toma y se usa a veces para escribir historias, poemas, pintar cuadros, hacer tapices, bordados, etc.

ADVERTENCIA: Este es un cuento de ficción y fantasía, cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia. (pero, así amamos generalmente las mujeres, y también algunos hombres, cuídate mucho de estas prisiones y recuerda el proverbio árabe que dice: "Quien no quiera sufrir dolores, aléjese de los amores".

PROLOGO

Espero en el cuento expresar lo necesario y realmente importante, aunque tala vez la vida vaya siendo una cadena de sencilleces, de lo cotidiano, que se va haciendo grande para algunos... Como lo fue para la protagonista de la historia en ese gran viaje que inició un día de agosto y que la transportó en un vehículo personal por caminos de recorridos insólitos y difíciles, pero, a la vez lleno de sensaciones mágicas y emociones profundas que la llevaron a caminar al borde del precipicio en la locura e inocencia del impulso que cae del cielo, que no tiene base de acción ni programa pre-fijado, incluyendo inseguridades y riesgos ya que estos impulsos irracionales nos muestran el umbral de un camino que puede ser destructivo y creativo a la vez. Por eso, es que a veces es difícil entender sii una aventura amorosa ha originado una explosión de actividad creativa y un nuevo disernimiento o si un nuevo disernimiento y una manera más creativa de mirar la vida nos ha arrastrado hacia una aventura amorosa.

En este mundo de la idea de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra; pero, aunque los seres humanos tenemos la voz y el lenguaje, muchas veces el amor nos juega una mala pasada dejándonos absortos y mudos. Tal vez sea porque el habla restringe nuestra experiencia de la realidad ya que al poner a cada cosa u rótulo erigimos una barrera entre nosotros y la experiencia. Además al confiar demasiado en el lenguaje ignoramos aquellas emociones que no pueden ser expresadas en palabras.

Así y todo cuando nos quedamos sin habla podemos recurrir a lo aprendido, a lo racional, a lo mecánico, a lo adquirido con método, es decir a lo escrito; valiéndose de metáforas, fábulas o cuentos; los cuentos de siempre, los cuentos que todos los niños del mundo viven escuchando hace miles de años.

Pero, este cuento va acompañado de nuevas y modernas versiones de la realidad y además no pretender maravillar a nadie, sólo contarlo para dejarlo registrado en los infinitos archivos del planeta y así no tener que cantar un día;
"A dónde van las palabras que no se quedaron
a dónde van las miradas que un día partieron
Acaso flotan eternas...etc.

PARA CONTAR Y CANTAR

Erase una vez una princesa que vivía adormecida en su mundo inconsciente y a la vez muy activa en su mundo consciente; se movía rápido junto a los demás, hacía miles de cosas y cumplía varios roles, era hija, hermana, madre, esposa, amiga, vecina, apoderada, etc. y como todo ser humano era llena de dualidades, alegre y triste, fuerte y débil, buena y mala, etc... pero, había caído desde hace muchos años en un sueño profundo...

A ella la llamaremos Lita...

Un buen día aparece en la comarca un hermoso, fuerte y gallardo príncipe, famoso por repartir besos mágicos y rayos de luz por sus ojos ladinos.

A él lo llamaremos Luis... o quizá nó, es poca cosa... él podría ser el mitológico Prometeo que robó el fuego del cielo para darlo a la helada humanidad... O Aries, el padre del zodíaco, el 1º que es fuego y acción... O el Emperador, en el tarot por su estructura, su ley, su orden; o el rey de Espadas por su mente clara y analítica... En la literatura lo llamaremos El Señor de los Anillos de Tolkien por el anillo misterioso que brilla en su dedo y en su corazón...

Mejor lo llamaremos el Príncipe Encantado porque encarna todo lo mágico y poderoso para esta Lita a la cual un día, un rayo loco del príncipe penetró en su alma y un beso fortuito se posó en sus labios. A partir de ese momento ella empezó a sentirse rara, inquieta, dormía mal y sus sueños venían difusos y cargaban mensajes extraños, ella no entendía que el subconsciente le hablaba a través de un velo valiéndose como siempre de sueños, símbolos y visiones queriendo despertarla.

El beso fue para ella un fuego poderoso, una chispa mágica que hizo estallar un sin número de ondas que fueron creciendo sin parar, formando parte de un espacio infinito e incontrolable ya que no se sabían a donde iiban, pero estaban en todas partes. Sintió que sus emociones más ocultas salían a la superficie y eso la asustaba, ya que cuando quería rescatarlas éstas se resbalaban de sus manos y desaparecían en el aire como pompas de jabón...

Sucedía que el príncipe con su encanto y poder de conquista la había hecho saltar de su adormecimiento para despertar a nuevas formas de sentir, de mirar, de amar y que la llevaron a recorrer los caminos del alma... y se enamoró... El pasó a ser su mundo, su amanecer, su sol, el dueño de sus sentimientos más puros y fuertes; pensaba en él noche y día, amaba todo lo que a él pertenecía, su voz, su forma de caminar, de hablar, etc. Quiso entonces tirar todo su pasado de letargo y jugársela por ese amor que le parecía tan completo, tan maduro porque estaba presente todo lo espiritual, lo físico, lo intelectual; entendió que existía esa indefinible alquimia de atracción poderosa que el tiempo iba matizando con tantos y tan lindos sentimientos.

Pero, cuenta la historia que Lita no quería sentirse sola recorriendo esos caminos y de una y otra forma se acercaba a él, aunque fuera para mirarlo y sentir su aroma; deseaba huir con él a las estrellas y quedarse por siempre a su lado. Le era difícil entender o tal vez reconocer que sus mundos eran distintos... El príncipe tenía el poder del fuego y de la luz y su mundo era la magia de los bailes y los besos en donde estaban otras princesas en diferentes puntos, cerca y lejos, que lo esperaban con sus trajes brillantes y sus joyas para brindarle sus encantos, sus sonrisas, sus figuras... Lita era para él sólo un momento, un juego, una pompa de jabón y una música que canta:

"No hay nada aquí
sólo una tarde en que se puede respirar,
un diminuto instante en el vivir,
después mirar la realidad
y nada más...

El caso es que Lita amaba sin ser alimentada por la salvia de su Príncipe, ya que por el contrario, el demostraba con descaro que... le era insignificante y pequeña, era como la criada que tenía amores con su patrón; él dominaba todos los espacios, cortejaba a todas las doncellas en su presencia y hacía alarde de sus conquistas y compañías, riéndose fuerte de las "incautas prisioneras del amor" como él las llamaba. En muchas ocasiones pisoteaba sus sentimientos y parecía que se los ensuciaba o se los hacía trizas y Lita se percibía frente a un ser humano frío y cruel, entonces lo veía como el Gigante Egoísta, prisionero de su ego y al cual ella permitía que ejerciera un gran poder sobre su naturaleza; pero... las cosas cambiaban cuando cada dos o tres meses él la miraba y la tocaba... Entonces ese Gigante Egoísta se le transformaba en el Flautista de Hamelín y al oir su música se dejaba nuevamente llevar por el encanto sabiendo que iba a entrar al centro de la caverna que se cerraba y la dejaba sola y a oscuras por largo tiempo.

Ella sabía que necesitaba ver la vida de otra manera, pero, le costaba mucho renunciar a los sueños y al encanto, sentía que lo amaba intensamente y que le hacía falta como el aire, el sol, la luz... Debía entender que las personas se hacer "señores" de su destino cuando enfrentan la vida tal cual es y no a través de rutinarios hábitos y defensas... entonces siguió entregándose a él en cuerpo y alma.

Un día el Príncipe dio un latigazo tan fuerte que llegó al corazón de Lita produciendo ondas de destrucción, de dolor y desengaño que ya no podía soportar; se sintió cansada, abrumada, pesimista con la vida... no había caso, la realidad la obligaba a darse cuenta que su Príncipe tenía el alma como noche de invierno fría y helada.

Y es que la conciencia aparecía como un disparo de nieve fría y dolorosa, como una mentira expuesta a la luz. Sentía que gastaba su fe en amores sin porvenir y así cantaba:

"Ojalá que las hojas
No te toquen el cuerpo cuando caigan
Para que noo las puedas convertir en cristal..."

Ya era el tiempo en que Lita debía abrir bien los ojos y tomar decisiones profundas aunque le trajeran confusión y llanto, recordó las rimass de Becker:

"Ni sé tampoco en tan terribles horas
En qué pensaba o qué pasó por mí
Sólo recuerdo que lloré y maldije
Y que en aquella noche envejecí"

Ella debió alejarse de lo que más quería, dejar de sentir su presencia, su voz, exigirse un retiro voluntario para separarse emocionalmente de él y de otras personas y actividades a las que una vez le atribuyó gran importancia.

Entendió que la rueda de la vida no se vuelve visible mientras no nos apartemos de ella ya que cuando estamos inmersos no vemos otra cosa que los acontecimientos que están antes y después de nosotros. Cuando nos retiramos podemos ver la totalidad del diseño.

Para conseguir todo esto, Lita se metió en una cueva oscura y puso sus emociones en algún rincón de su mente, acurrucadas y dormidas esperando el silencio. El insomnio y la fantasía se encargaron de procrear monstruos enormes, deformes, desnudos, revueltos; una confusión que se agigantaba a oscuras y que ella no podía sacar a la superficie para transformarlas al sol en flores y futos.

Era más fuerte la realidad, el mundo consciente, lo concreto, la razón. Entonces abrió la compuerta de sus ojos para que saliera el caudal de sus ríos; cerró la cajita mágica que tenía en su corazón de esa energía liberadora, tapó sus oídos, su boca y adormedió sus sentidos. En otras palabras "aprendió a vivir" para defenderse del desamor. Y así pasó un buen tiempo...

Un día a la distancia sintió la voz del Príncipe y esto la removió de su estado, sacó energía, volvió a sonreir y salió a su encuentro:

"Quizá me fuera necesario anoche
tomar la inútil decisión de verte,
así sea en el centro de la noche,
así sea en el centro de la muerte.
Mi corazón es un caballo alado
Mi decisión es una espera amarga
Yo volveré a buscar lo más amado,
Pese a la incertidumbre que me embarga.
Arriesgaré la piel por un encuentro...

Y arriesgó la piel, su corazón y mente para volver a sentir esa magia indescriptible en su cuerpo y en su alma. Fue para ella un encuentro de piel maravilloso que la llenó de alegría y así salió cantando:

"Hoy sé que no hay nada imposible,
anoche supe la verdad
creía mi alma inservible
pero, era cansancio vulgar nada más.
Tú eres el don de la brisa
Un ser de la resurrección
Un pájaro con una risa
Capaz de arrastrar a la noche hasta el sol"

Hubiera querido gritarle que lo amaba, contarle lo que había sufrido sin verle, sin sentirlo cerca; que le hacían falta su cuerpo, su voz, sus manos, su aroma y que continuaba siendo para ella su luz, su sol, su aire.

Pero, la pobre ya había quedado muda... y entonces no le quedó otra alternativa que recurrir a la imaginación para un día poder escribirle un cuento...

EPILOGO

Lita pagó caro el viaje que inició en agosto por esas sendas retorcidas que la hicieron dejar atrás el paisaje conocido y rutinario para ir hacia paisajes extraños y desconcertantes que fueron penetrando en todas las esferas de su vida, su mente, su imaginación, su corazón y su cuerpo, pero, que de no haberlo realizado no habría conocido la plenitud de amar intensamente, sola y comprometida con sus sentimientos y emociones. Sí se hubiera protegido del rayo del Príncipe se habría convertido en prisionera de sí misma y quedaría encerrada en los límites de su ego y en las máscaras de que debe mostrarr al mundo... y sabe que eso jamás satisface.

"Los amores cobardes
no llegan a hacer historia,
ni el recuerdo los puede salvar..."

Es verdad que este viaje le costó a Lita quedar muda, sorda, ciega, sin corazón y conocer el lado oscuro del amor recorriendo caminos diversos y difíciles, pero, a la vez transformadores y personales que le proporcionaron liberación y conocimiento de sí mismo y su verdad, aceptando sus emociones en profundidad para llegar a quedar sola con sus sentimientos que irán con ella, y morirán con ella, los asume como son y no teme al insomnio ni a la fantasía que seguirán procreando hadas y monstruos, pero, que un día abrirán el paso a las aguas profundas que acabarán por romper el dique que los retiene.

Lita, ahora ve al Príncipe tal cual es y no como ella quería que fuese; entonces ya no está a merced de fuerzas que no entiende. Ha madurado y comprende los límites de la vida.

Reconoce que la fuerza masculina de su Príncipe es importante por su dominio, su poder de conquista, su gracia, su razón y su voluntad, pero, las cualidades femeninas de ella, la intuición y la emoción están lejos de ser debilidades, ya que para librar los sentimientos profundos con amor y fe, no sólo se necesita fuerza sino también un gran coraje.

Amó a su Príncipe sin táctica ni estrategia, sin racionalidad, sin exigencia y con modestia al reconocer que pasó para él casi inadvertida, sin recuerdo, sin peso, así y todo canta:

Ando lento porque ya tuve prisa
Y llevo esta sonrisa porque ya lloré demás
Hoy me siento más fuerte o más feliz quien sabe
Y sólo tengo la certeza de que muy poco sé o nada sé
Es preciso amor para poder detenerse
Es preciso paz para poder sonreir
Es preciso lluvia para poder florecer
Pienso que cumplir la vida es simplemente comprender la marcha
Y seguir mirando hacia delante
Todo el mundo ama un día, todo el mundo llora un día
Uno llega y otro se va
Cada uno de nosotros compone su propia historia
Y cada ser en sí carga el don de ser capaz y ser feliz...
Como un viejo arriero llevando el ganado
Yo voy adelante tocando los días
Por el largo camino yo voy, yo voy...

Lita percibe que cada etapa de la vida conduce a la siguiente y que aunque intentemos detener el tiempo para permanecer en una situación, no está a nuestro alcance como mortales volver el ciclo de la vida al revés o detenerlo en el lugar deseado.

Quiere terminar aquí su viaje, bajarse del carro para seguir caminando absorta en sus pensamientos y recuerdos, desarrollando ojalá la agudeza para cambiar lo que pueda cambiar, aceptar lo que no pueda cambiar y aguardar en silencio para poder ver claro y distinguir las diferencias.

Hace una señal al Príncipe para avisarle que hasta aquí llega su viaje y que quiere despedirse, pero tristemente se da cuenta que él no está en el carro y que jamás se sintió su compañero de viaje.

Lita no hace otra cosa que asumir en totalidad la renuncia a la magia y al sueño y grita con fuerza y convicción a la eternidad:

¡COLORIN COLORADO ESTE CUENTO SE HA ACABADO!

AGRADECIMIENTOS

- A la escritora María Luisa Bombal por su cuento El Arbol, que fue la inspiración de esta historia, mostrando a esa Brígida ciega a la luz, tonta e ingenua a la vida y al amor, que esperó tanto por ese Luis que nunca la entendió... Pero, que un día vislumbró la luz.

- A la academia de teatro de Fernando González que un día permitió la puesta en escena de fragmentos del cuento El Arbol en que más adelante se produjo la sincronía del teatro y la realidad.

- A la agencia de viaje que facilitó el vehículo, siendo lo bastante fuerte para soportar caminos llenos de baches y detenerse cada vez que se le pedía para tomar aire.

- Agradecimientos al compañero de viaje que aunque ausente e indiferente enseñó a Lita a conocer la angustia como precio de ser ella misma.

- Solidaridad también a esas princesas que compartieron los encantos del Príncipe, sus rayos, su luz, sus manos y su néctar, tal vez también sus ilusiones y desilusiones.

- Muchas gracias a Inti-illimani, Silvio Rodríguez y María Bethania por su música ya que al final la penumbra se hace arco iris del canto, y toda aquella angustia, todo empeño imposible, todo amor y soledad valen por esos instantes fecundos en que nace una canción o una historia.

- Gracias a esa energía sin forma que se puede usar para escribir cuentos y que permite vaciar los sentimientos y dar testimonio de ellos. También al papel y al lápiz, a las letras y sus combinaciones. Al taller literario de Fernando Valenzuela que con su afecto y respeto permitirá que este cuento conozca la luz.

- Por último, lo más importante, gracias energía del Cosmos, Amor Universal que me otorgaste la gracia de mi hijo Diego Andrés que hoy cumple 18 años y se presenta ante la vida sano, optimista e íntegro y me entrega la fuerza y la inspiración para escribirle un cuento.


Adela Valdés Harris
2000

El Benji


Parecía que podría haber pasado una hora, un día, o quizás una semana. Pero Pedro sabía muy bien que eran sólo unos minutos, sin embargo, aún seguía sin reaccionar. Y frente a él, ese maldito Andrés Zañartu, el joven y amanerado ingeniero comercial de la empresa, que le acababa de explicar aquello de las razones de buen funcionamiento de la reestructuración, de las nuevas exigencias del mercado, de la lucha con la competencia...

- ¿Y tú que hiciste?, ¿no lo golpeaste? - pensaba en ese instante, que le diría su mujer.

Pero él seguía ahí sentado delante del escritorio de aquel gusano, que ya una vez se había dado el gusto de llamarle la atención delante de todos los de la oficina.

Era cierto si, que había adivinado lo que le iba a decir. Lo había presumido, más bien. Pero, ¿por qué quedarse tanto rato pensando en ese "no nos queda otra cosa"?. Y por qué dice, no nos queda otra cosa, él, que es un aparecido, que durante meses, le tuvo que estar explicando todo respecto a cómo funcionaba la empresa.

Entonces, fue en ese instante, que a Pedro le vino ese típico vacío mental, como él lo llamaba a ese instante en que no pensaba en lo que debía pensar, sino en la forma en que debería actuar, a sabiendas que era una persona que siempre se demoraba tanto en reaccionar.

Y allí estaba, mirando a su verdugo, pero pensando en positivo, es decir pensando en lo que debería hacer, sin perder el tiempo en reaccionar. Pero tampoco su mente le servía en ese instante para saber lo que tenía que hacer, pues seguía ocupada en determinar cuál tendría que ser su reacción.

Y los minutos pasaban y el imbécil de Zañartu seguía observándolo con esa cara que pretendía ser neutral, con esa sonrisa arcaica de pariente de difunto, con ese rostro ingenuo como diciendo, perdón, perdón... interminablemente. O quizás pensando en que a él le podría venir un ataque al corazón o quizás que cosa.

Tal vez por eso mismo fue que se preocupó tanto cuando Pedro salió a la terraza para tomar aire; debió haber pensado que se iba a lanzar al vacío. Tan ocupado estaba que después de un rato se le acercó y le dijo:

- Entonces don Pedro, le voy a extender su cheque con la indemnización correspondiente...

Sólo en ese instante, cuando el joven ejecutivo se paró frente a la antigua caja de fondos. Pedro lo volvió a encontrar en sus retinas. Es la misma que siempre esstuvo en mi oficina, pensó, pero que con la llegada del maldito hubo que llevarla al quinto piso en donde se había instalado la nueva gerencia.

La primera semana de desempleo, Pedro tan sólo descansó. No hizo nada, absolutamente nada. Sin embargo, para su mujer lo verdaderamente sorprendente fue aquello de la insistencia con que buscara un lugar en donde pudiese practicar benji.

-¿Cómo es posible Pedro?, a tu edad, en vez de buscar algún trabajo.

- No hay trabajo mujer; por la crisis, por mi edad, porque no hay en que, y sencillamente porque no voy a trabajar nunca más - solía decir y se iba hacia aquellos galpones industriales vacíos en donde un grupo de "locos" solía practicar el salto al vacío amarrados tan sólo de un elástico. Allí conoció a Daniel, ese disparatado joven que a los 26 años decía haber pasado por todas y para el cual la vida no era más que un permanente desafío.

Cuando Pedro cumplió un mes de cesantía pensó que ya estaba listo pues sus saltos tenían toda la precisión requerida. Entonces decidió volver con aquellas inmensas cajas de cartón para retirar sus cosas de la oficina. Tal como había previsto, subió y bajó tantas veces que al final nadie pudo haber sabido si estaba dentro y fuera del edificio. Entonces, se escondió en el closet de su antigua oficina y estuvo allí hasta muy entrada la noche.

Esperó pacientemente, hasta que escuchó al guardia nocturno alejarse por el pasillo para bajar a continuar durmiendo junto a las calderas del subterráneo, y luego subió al quinto piso. Buscó la copia de llave que siempre había conservado de la oficina de gerencia, se calzó un par de guantes de goma que sacó de uno de sus bolsillos y abrió la puerta hasta atrás. Enseguida se acercó a la caja de seguridad y la empujó con todas sus fuerzas. Un largo suspiro lanzó cuando comprobó que era capaz de moverla.

Lentamente, casi sin apuro, comenzó a desplazar la inmensa caja hasta sacarla de la oficina. Luego la siguió arrastrándola por la terraza hasta dejarla casi junto a la baranda. Desde allí asomó su cabeza al vacío para examinar el oscuro callejón de tierra que daba a la parte trasera del edificio. Luego lanzó una cuerda para medir la distancia hasta el suelo.

Esperó unos minutos para recuperar el aliento y luego se agachó, cogió la caja por su base y con un esfuerzo increíble la lanzó al vacío.

Un golpe seco y profundo rompió por un instante el oscuro silencio de la media noche.

Luego corrió a tomar uno de los extremos del elástico que había traído en las cajas de cartón, amarrando con él sus piernas. El otro extremo lo fijó en aquella viga sobresaliente que daba hacia el callejón. Sólo cuando estuvo seguro que no se iba a soltar se fue equilibrando sobre la inmensa barra hasta su extremo y tras una breve pausa desapareció en el vacío de la noche.

Sólo cuando su cuerpo casi inerte se estabilizó en el aire, Daniel acercó su camioneta para que su amigo hiciera pie y pudiera desprenderse del elástico. Luego ambos instalaron la preciosa carga en la parte trasera del vehículo y se perdieron en la oscura noche, que pareció ser una madre que los acogía bajo su manto.


Armando Aravena Arellano
2000

Burundi

Natalia sintió de pronto un deseo perentorio, urgente de ir. ¿Hacia qué lugar? No era claro para ella; pero sí estaba segura de la necesidad que poco a poco se había incubado en su interior para irrumpir en un querer ir: lejos, sí, muy lejos. Ese lugar tendría que ser diferente a todos los espacios conocidos. Quizás fuera en Africa, tal vez en Burundí o cualquier remoto pueblo extraño. ¿Pero a dónde debía ir en realidad? Y ¿Cómo llegar? Eso obviamente lo ignoraba.

Salió a la calle. Estaba vacía. Tan vacía como en Domingo por la mañana. Era un día de aquellos en que uno no acierta a definir si es un día de Otoño o uno de comienzo de Primavera, a pesar de que lo iluminaba un Sol tenue, no hacía frío.

Salido de sabe dónde, un autobús se detuvo en frente de ella. Subió sin tiitubear. Luego de dar apenas una mirada se ubica en el primer asiento, aunque todos estaban vacíos.

- Señorita yo voy al aeropuerto por un encargo. No estoy de servicio. ¿A dónde se dirige usted? - Le pregunta el conductor.

- Justo lo que necesito, ese es un buen lugar de partida, - dice para sus adentros.

- Al aeropuerto, - le responde prestamente.

El conductor la mira através del espejo retrovisor con incredulidad. Ella no le hace caso a su mirada y por el contrario finje prestar atención a un punto indefinido fuera del vehículo.

Las calles pasan raudas. Extrañamente no se detiene el bus en ninguna esquina. Al parecer no funcionan los semáforos, o lo que sea. Esto la alegra; - llegaré pronto al aeropuerto y desde allí podré ir más lejos y más, - piensa.

Calles y calles cruzan por su ventanilla, tal como si el exterior del autobús fuera una cinta sin fin. La luz solar parece ir oscureciéndose lentamente. Los sonidos y las voces se van apagando del mismo modo.

El conductor al parecer la ha olvidado. Ya no la mira por su espejo retrovisor. Natalia divisa la imagen del hombre estático en su asiento. Ell continúa en igual posición. Sólo que ahora, siente que carece de peso y de forma. Nadie la importuna. No hay preguntas ni tampoco explicaciones. Está, eso solamente.

- ¿Tendrá quizás esta forma la felicidad? ¿Y este vehículo, es finalmente, su paraíso encontrado?..

En el quiosco de diarios de la esquina, en la mañana siguiente, mostraba la portada de un diario en el que se podía leer con grandes letras y en primera plana: "Una mujer apareció muerta en un bus. El vehículo estaba fuera de servicio desde varios días. Lo curioso, acotaba el periodista, era que la mujer parecía ser la imagen del bienestar y la paz".


Julieta Morales
2000

martes, 22 de diciembre de 2009

Hotel para uno

Habíamos llegado. Esa tarde el gris ceniciento del cielo había arrojado algunos goterones de lluvia en el techo del automóvil. Eran cerca de las seis y bastó abrir la puerta para descansar en el sillón de la entrada. Se acercó el mayordomo y dijo:

-Bienvenidos. Aqui estan seguros. Esta noche no llueve más. ¿Desean la quince, la catorce?
-Danos la trece, por favor, es nuestro número de la suerte.
-Vengan conmigo.

El hombre alzó el par de pequeñas maletas, las sujetó fuertemente con las manos e hizo un gesto de complacencia. En el interior del hotel bastaban dos pequeñas bombillas que alumbraban apenas con una tenue luz amarillenta la escalera desvencijada y toda oscura. El negro se hizo, entonces, y las huellas de los pasajeros se perdió tras el rastro de las suelas de los zapatos.

En las afueras la gente había desaparecido de las calles. El foco de luz nocturno, roto de una pedrada, había dejado en penumbras a la solitaria noche. Los tarros de la basura esperaban ser retirados. Sólo una cantinela se oía a lo lejos, cantadas por un par de borrachos que tropezaban dando tumbos de tanto en tanto:

"Si yo pudiera decirte
cuánto dolor me has causado
sólo de veras el irte
no me habrá decepcionado.

Sin embargo la noche te trague
con su manto negro de penumbras,
sean tus huesos calaveras
que en polvillo óseo quede.

Entra en la habitación, ¡oh! perdida
para que encuentres el amor que odia
y verás cómo te harás en la sangre
una almohada pasajera.

Allí encontraras la sierra,
el motor que gira la carne
para que nunca digas :"¡jamás!"

Se vierte una copa. La emisora anuncia la muerte. El mayordomo se limpia en el sótano. La campañilla suena. La factura queda hecha. La cama se hace. Corre el agua en la ducha. Caen las monedas en la hucha. Sales impecable recién salido del baño. Bajas a la entrada y recibes el vuelto. En tu bolsillo el dedo recién cortado. La gota de sangre en el techo de madera. Palabreas con él y te ajustas el cinturón. Ves el ojo tras el vidrio empañado. Te calas el último cigarrillo. Dejas una nota de papel en la cubierta de la mesa. Con tinta roja escribes: esto es para que lo sientas. Dan las doce campanadas en el reloj de pared. Tus axilas están sudorosas. Afuera. Afuera. Afuera.

El hombre hace una marca en el número 25.


Gabriel Y Solo
2002

Identidad

Yo no soy más que el vil reflejo de tu ira y repugnancia, te produzco incertidumbre y estoy en todos lados, estoy donde jamás te atreverás a buscar, estoy preso en ti y tú estás ahogada en mí, yo habito en tus entrañas, todo movimiento que trates de hacer será cubierto por una espesa mancha roja. No trates de mirarme porque no me verás, no intentes seguirme porque no tienes las agallas, sólo puedes sentir mi agitado respirar detrás de ti. Yo soy a quien más le temes, soy yo quien te acaricia y abraza con violencia bajo la luna. Nunca me podrás ver, sólo me puedes sentir, nada de risas, en este momento voy por ti, cuidado! mira bien a tu alrededor, sientes un escalofrío, se te escarcha la espalda, empiezas a sudar, mi fuego te cubre, y sé que ahora me estás sientiendo... yo soy el miedo.


Franco Barbato
2002

jueves, 17 de diciembre de 2009

El desenlace


… ‘On Pancho se está muriendo…

Este era el comentario que se transmitía de boca en boca entre los habitantes de esa pequeña localidad agrícola sureña.

La verdad es que Francisco González, uno de los más antiguos y conocidos residentes del lugar, agonizaba aquejado de una cirrosis hepática terminal. La noticia, en todo caso, no causaba mayor pena entre quienes la comentaban, ya que el personaje en cuestión tenía un largo y negro historial. Borracho, mujeriego, pendenciero y agresivo eran algunas de sus características personales que justificaban los apelativos de “carajo”, “putamadre” y otros peores que le colgaban.

Todos sabían de los maltratos a que había sometido a su esposa, la señora Margarita, durante toda su vida de casados. Igualmente conocían el incidente ocurrido hacía varios años atrás cuando su hijo Arturo, cansado de los constantes abusos que cometía con su madre, había lanzado al suelo a su padre y después lo había arrastrado por uno de los corredores de la vieja casona, ante la satisfacción y risas solapadas de los trabajadores de la viña. El asunto le costó al muchacho la salida de la casa y el término definitivo de cualquiera relación con su progenitor, quien jamás le perdonó esta vergüenza.

Por lo mismo, resultó incomprensible para muchos el comentario que también se filtró acerca de que Francisco había requerido la presencia de Arturo antes de morir. Algunos pocos pensaron en un deseo de reconciliación final, pero la gran mayoría de familiares, amigos y vecinos dudó de esta intención, porque el viejo había mostrado vivo el odio por su hijo hasta hacía pocos días atrás.

Estando el anciano una de esas noches recostado en su cama, seminsconciente y respirando con gran dificultad, ingresó al dormitorio en penumbras la señora Margarita, quien le dijo:
- Viejo… aquí está el Arturito, que ha venido a verte, como tu querías…

Entró entonces el joven caminando lentamente y ubicándose al pie de la cama.

Al verlo, el anciano hizo un esfuerzo supremo y se sentó en la cama. Con voz enronquecida le gritó:

- Infeliz, desgraciado… No me quería morir sin maldecirte…

Luego se desplomó sobre el lecho, para no levantarse más.

La comadre Clotilde acompañó en todo momento a la viuda en el cementerio.

- Puchas comadre, que ha sufrido Ud., le expresó. Pa´ peor, hacer venir al Arturito pa` puro insultarlo.

- Lo que pasa, comadre, es que Pancho me lo puso como condición pa’ firmarme el testamento. Contestó Margarita.

- Aún así, comadre. Insistió Clotilde. Debe haber sido muy duro para el niño ver a su padre así y más encima recibir sus maldiciones.

- Pa’ ná, comadre. El Arturito está trabajando muy bien en el norte. Así que hablé con un muchacho joven algo parecido que trabaja en el fundo vecino, y le pasé unos pesos. Total, el viejo estaba tan enfermo al final, que no se dio ni cuenta del cambio. Ahora la dejo comadre, porque tengo que ir a recibir las condolencias.


Pepe Arjona
2009

La carreta


Antes del mediodía, al trote lento de un paciente caballo, iba una carreta. Se dirigía hacia la montaña, por un callejón flanqueado por zarzamoras y sauces. Perros bravíos salían desde los desvencijados portones de las casas de adobe, a defender lo que ellos estimaban, eran sus territorios.

La cansada carreta, estaba cargada con atados de cebollas y zanahorias, los mismos que, antes de la madrugada, llevaba en dirección contraria, hacia “La Vega”, lugar en que debían ser rematados.

En la cara del campesino que conducía se podía percibir que el costoso cargamento, por alguna razón, no había sido vendido.

Al costado de las zarzamoras, parado junto a una acequia que salía del maizal del tío “Cheo”, le saludó levantando la mano, su alto y delgado vecino, don Ibán, de dignidad española como su nombre, personalidad rioplatense y picardía criolla. Descendiente directo del distinguido señor que le dio el nombre a la polvorienta y a veces gredosa calle “José Arrieta”. El campesino, apurando al rocín, le devolvió el saludo con un gesto leve, intentando evitar que este inquisidor caballero adivinara su tristeza y el motivo por el cual regresaba a casa con la carga.

Al llegar a la calle “Tobalaba” observó el aparentemente quieto canal San Carlos.

“¡So! ¡So!”. El campesino detuvo su caballo ante unos niños, se apeó y les entregó algunos atados de zanahorias. Lo que pudieran llevar.

Desde la orilla del canal miró alrededor de algunos minutos, por si se acercaba alguien más. Luego, con decididos movimientos, botó al agua lo que aún quedaba en la carreta, incluyendo unas pocas lechugas.

Meditabundo, parecía que en el líquido turbio por los sedimentos, sumergía además sus penas y frustraciones. Finalmente, dio un hondo suspiro. Sus únicos testigos fueron la cordillera, que aún lucía los bordados blancos que le dejó el invierno, y el sol, que le castigó bastante el esfuerzo.

Aliviado, volvió a su carreta, apuró con las riendas y chasquidos al leal jaco y se dirigió a su casa de adobe pintada con cal, de tejas envejecidas, de largos parrones.

Al llegar, el perro saltaba, ladraba, movía la cola. Molestaba con insistentes ladridos al caballo. Se entendía que eran alegres saludos.

Su esposa, doña María, frente a una artesa, miró por el rabillo del ojo la carreta vacía y, con una casi imperceptible sonrisa siguió lavando, pues el almuerzo ya estaba preparado. Ella se sentía orgullosa, porque el “Mota” siempre había vendido toda su cosecha.


Oscar Concha Mena
2009