“El Copiapino”, el espacio en que se dio la pugna
"El Copiapino", periódico fundado por Vallejo en 1945, es el primer órgano informativo y de publicidad atacameño. Todos los negocios de la región estaban mediados por dicha publicación en la cual aparecían avisos tanto de productos como de servicios que movían los negocios con un vértigo que hasta ese momento nunca se había visto, ni siquiera en la capital. Médicos, dentistas, abogados y en general todo tipo de profesionales estaban obligados a anunciar su llegada a la zona a través de las páginas de “El Copiapino”. Los servicios de transporte, los itinerarios de los vapores a Puerto Viejo o Caldera eran informaciones vitales para todos los ciudadanos. Pero sin duda lo que más llamaba la atención del público de la época eran los anuncios de artistas y personajes de varieté que desde los más famosos escenarios del mundo se habían trasladado con sus espectáculos hasta la región obnubilados por el resplandor de la plata.
Sin embargo, si bien Jotabeche desde los inicios tuvo una postura progresista y partidaria de la instalación del tren, nunca pudo impedir que en su periódico aparecieran voces disidentes como las de un grupo de propietarios de birlochas, diligencias y demás carruajes de la zona hablando de la depredación que el ferrocarril provocará en la zona. Anunciando al mismo tiempo que no estaban de acuerdo bajo ningún punto de vista a que aquello ocurriera sin que ellos pudieran tomar las acciones necesarias para evitarlo.
Señor Director:
Nuestra naciente agrupación de propietarios de birlochas, diligencias, carretones y mulas desea precisar ante la comunidad local y nacional el grave deterioro que la instalación del ferrocarril provocará en la zona.
Además de dejar miles de personas sin la posibilidad de ganarse el sustento, de las muertes de hombres, mujeres, niños que se crucen por la vía habrá un daño que habremos de lamentar por los siglos de los siglos. La utilización de la leña de los bosques de la zona será un hecho que jamás podrá revertirse. El actual Desierto de Atacama llegará ahora hasta nuestras propias casas. Todos las acacias, los pimientos, los espinos, los algarrobos serán cortados para echarlos a la hoguera infernal que requiere el tren para su funcionamiento.
Por todo ello y por el futuro de nuestros hijos pedimos que la autoridad nos escuche definitivamente y tome las medidas para que se deseche de una vez y para siempre la construcción del ferrocarril que traerá sólo desgracias para nuestra querida zona de Atacama.
Al respecto, la reacción de Willians Wheelwright, el ingeniero estadounidense, que ya había asumido la dirección de las obras, cuando se le mostró el diario en ningún momento manifestó enojo ni tampoco le provocó ningún tipo de reacción. Quizás tenía muy claro que nada de lo que pudiera aparecer en aquel artículo podría cambiar un centímetro el plan que se había trazado para desarrollar su proyecto. Por lo demás, ya casi se había acostumbrado a esa forma tan particular de los chilenos de criticar toda obra que cualquier persona pudiera emprender. Tenía muy claro que aquel artículo no pasaría de ser una nueva bravata de quienes se oponían al desarrollo de las obras y que en los hechos eran muy pocas las acciones concretas que se podrían esperar de este tipo de organizaciones nacidas única y exclusivamente para interferir y obstaculizar cualquier obras que pudiera significar progreso. Por lo demás, ese tipo de conducta sí que tenía carácter universal. En todas partes en donde había pretendido iniciar una obra de adelanto siempre había encontrado detractores.
“El Copiapino” fue también quien acogió a Marcel Danus, el más famoso de los daguerrotipistas. Llegado al puerto de Caldera en el Perú uno de los barcos de la Pacific Steam Navigation Company,re la compañía de vapores de Willians Wheelwright, hubo de explicar latamente a Vallejo en que consistía este singular y revolucionario invento. Quizás lo especial del mismo era que recién había sido descubierto este prodigio que resultó ser a la larga un precursor de la fotografía. El creador del daguerrotipo, el francés, Louis Daguerre lo presentó sólo unos años antes en 1839. Su invento se le considera el puente entre la cámara negra creada por Johann Zahn y retocada por Joseph-Nicéphore Niépce, y la cámara de objetivo del alemán Joseph Petzval, también conocido como Jozef Maximilián Petzval. Las publicaciones del momento dieron a conocer el nuevo aparato a la sociedad, pero supuso sobre todo una revolución en el mundo de la información ya que permitió cubrir el seguimiento de la Guerra de Crimea y de la Guerra de Secesión estadounidense.
Convencido finalmente con tan contundentes argumentos Vallejos aceptó poner el aviso en un lugar destacado de las páginas centrales de “El Copiapino”:
- "Marcel Danus, afamado daguerropista francés, de visita sólo por un mes en nuestra ciudad, ofrece sus servicios a todas las familias copiapinas" .
En California Danus había pretendido antes hacer lo mismo, pero el resultado fue un infinito fracaso. Había allí tal enjambre de nacionalidades que el periódico no servía de nada. En cambio aquí en donde todo el mundo tan sólo habla castellano pensó que un buen aviso en el diario, sería suficiente.
Creo que Chile – señalaría después a Vallejo el francés - disfruta de una excelente prensa escrita. He sabido que ello ocurre al menos desde hace una década. En Santiago, Valparaíso, Chillán, Talca..., existen periódicos de bastante buena calidad. Ese es otro aspecto de vuestro país que me ha impresionado notablemente y señala una gran diferencia con las naciones vecinas. En el caso de su diario me advirtieron que se trataba de un periódico creado y dirigido por uno de los intelectuales más afamados del país. Una pluma prodigiosa, un hombre culto y muy crítico. Y, entiéndame bien, no es porque pretendo ser su amigo o porque yo posea simpatía por los liberales.
El diario, continuó diciendo Danus, yo diría, que es el motor, el corazón de una ciudad e incluso de un país. Todo lo que ocurre, todo lo que va a pasar se anuncia en el diario. Para vender, para comprar, los espectáculos, la llegada de grandes personajes, los itinerarios de los vapores, la lista de pasajeros...todo sale en el diario.
Finalmente Vallejo consideró que había llegado el momento de exponer su propia opinión sobre el tema:
Copiapinos:
Ha llegado el momento de la verdad. El momento de decidir entre el pasado y el futuro. El pasado significa volver a la pobreza, la miseria, el hambre y todo lo que siempre ha rodeado nuestra vida en la región; un futuro, en cambio, es el que permitirá sacar de una vez por todas provecho de la riqueza que el supremo hacedor ha puesto a nuestro alcance.
Si el ser humano no se hubiese interesado por usar y perfeccionar las herramientas, por ejemplo, todavía estaríamos rasguñando la madera, la tierra o los alimentos con las uñas. Hubo de ser creado el arado, la pala, el chuzo, la cuchara, el tenedor y el cuchillo para hacernos más fácil la vida y más placentera nuestra existencia.
Hoy en día el dilema es bastante similar. O seguimos trasladando el mineral, el correo, los víveres a lomo de mula o utilizamos un sistema mecanizado para su transporte. Seguimos acumulando el material en las canchas porque ninguna cantidad de animales ni de carruajes son suficiente o recurrimos a un medio poderoso como el ferrocarril el cual puede trasladar cantidades increíbles de carga, en menos tiempo y en forma segura indiferente de las condiciones del clima, del cansancio de las bestias o del apuro o desidia de sus propietarios.
El tren no es una empresa fácil de implementar. Todos sabemos que se requiere mucho dinero para instalarlo y mucho sacrificio para su construcción, sin embargo, estoy más que seguro que todo aquello será largamente recompensado con una mejor vida para todos. Nuestra región se lo merece. Los esfuerzos de nuestros hombres que día a día le roban la riqueza a la montaña por fin tendrá su fruto.
Y a los empresarios dueños de empresas de birlochas, tropas de mulas, carruajes y otros les advierto que con su actitud matonesca lo único que hacen es demostrar su desesperación de ver que el avance del progreso es inclaudicable e incontrarrestable.
JOTABECHE
Jotabeche y los mineros
Para José Joaquín Vallejo, producto de su origen tan modesto, la situación de los trabajadores mineros fue siempre motivo de preocupación y desvelo. Si bien con el tiempo él mismo se convirtiera en patrón, es decir en empresario minero, nunca le resultó fácil sostener esta doble sensibilidad.
No era poco habitual que esta dualidad apareciera en sus escritos. Una y otra vez el quijotesco y mordaz escritor denunciaba a través de su espacio en “El Copiapino” la situación inhumana en que los empresarios, avalados ciertamente por la autoridad, trataban a sus trabajadores. "Tanta riqueza para ellos y tanta pobreza para los trabajadores", había dicho en una ocasión anterior, provocando la indignación de los empresarios que habían arremetido tan violenta y ciegamente contra el diario. Sin embargo, ante los contundentes argumentos expuestos por el convencido escritor había logrado disuadirlos de no seguir acciones legales en su contra. Pese a todo, la situación le era tan indigna que no trepidaba en continuar con sus denuncias.
Recordaba siempre la inesperada visita que hacía algunos años le realizara don Miguel Gallo, quien le había espetado tan violentamente aquella vez que se había encontrado con su nombre en “El Copiapino” y lo increíble que le resultara poder convencerse que era él a quien se aludía en aquella crónica. El famoso empresario minero junto a Adrián Mandiola, Juan Echeverría y otros, aparecía señalado como uno de los propulsores de medidas, cuyo inequívoco sentido iba en directo beneficio única y exclusivamente de la producción. El texto remitía a la implantación, por ejemplo, de la ley seca, la prohibición del uso de los corvos y cuchillos, y finalmente el destierro de las mujeres de los campamentos lo que había creado una situación ridícula para hombres que han proporcionado tanta riqueza y bienestar a tantas familias. "Acaso el señor Gallo quiere que todos terminen como el pobre Juan Godoy, condenado desde hace algunos años a vivir en la miseria más atroz".
El anciano hombre de negocios le había confesado el estremecimiento que le había producido ver el nombre del modesto leñador. Su rostro enrojecido por completo daba cuenta de su sinceridad y de la indignación que la situación le producía. Tras unos segundos de descontrol había cogido su levita de la percha y salido de su casa rumbo a las oficinas de "El Copiapino", no sin antes haber buscado en su gaveta las escrituras firmadas por Juan y José Godoy, cediéndole todos los derechos sobre el mineral.
- Mientras venía a conversar con Ud. y cruzaba las dos o tres cuadras que me separaban de la oficina de su periódico, señor Vallejo, - le dijo cuando lo tuvo en frente - recordaba la cara de infinita satisfacción de Godoy cuando recibió su primera paga como minero; $14.000. Nadie ni siquiera un ingeniero podía haber ganado tal dineral pensaba yo, mientras evocaba la mirada abismada de Juan Godoy que con nerviosidad y torpeza no paraba de contar billetes.
¿Qué piensas hacer ahora, Juan? - le pregunté esa vez.
- No, don Miguel, me contestó, esta vez el dinero no se me va ir entre los dedos, voy a comprar un terreno en La Serena. Quiero dedicarme a la agricultura – decía Gallo que después el hombre se había tocado el tórax - indicándole que no deseaba seguir entregando sus pulmones en la faena minera.
Por entonces, la casa en donde funcionaba "El Copiapino" ocupaba la esquina nororiente de la plaza de la ciudad. Un latón destacaba su nombre en letras altas en medio de los árboles del antejardín.
Don Miguel Gallo había empujado con fuerza el portón de la antigua reja de madera a medio abrir y cogido, casi con rabia, la elegante manilla de bronce que colgaba del centro de las maderas de la puerta de entrada a la antigua vivienda.
Necesito conversar de hombre a hombre con don José Joaquín Vallejo – le habría dicho en cuanto alguien se asomó tras la puerta entornada.
¿Qué le sucede don Manuel? - preguntó el aludido que en ese momento apareció tras el operario de prensas que había salido a abrir.
Necesito conversar con Ud. - dijo Miguel Gallo recobrando el ímpetu y la rabia que habían determinado realizar esa visita.
- Adelante, conversemos - dijo el espigado escritor invitando con su brazo extendido para que el visitante traspusiera la puerta.
Una sala de estar con antiguos muebles de madera y cuero natural los habría acogido al final del pasillo. Vallejos le indicó su lugar al visitante, que desconfiado dejó caer lentamente su humanidad sobre el amplio escaño recubierto con piel de vacuno.
Tengo la sensación señor Vallejos, de que Ud. tiene algunas dudas o reparos respecto de mi honradez ¿o me equivoco?.
- Si es eso lo que usted concluye de mis crónicas creo que debo reconocer con toda hidalguía que irremediablemente está en la verdad. Por lo demás, Ud. ha de saber que nunca he escrito nada de lo cual no esté profunda y realmente convencido.
- Es exactamente ésa mi aprehensión. Creo que su opinión es injusta y lo que es peor se basa en hechos que no son ciertos. Por lo tanto permítame advertirle que lo que usted dice es mentira y las alusiones a mi persona forman parte de una verdadera canallada.
Miguel Gallo había ido paulatinamente subiendo su tono de voz hasta que rojo de ira golpeaba con su cartapacio la mesa de trabajo del escritor.
- Tengo aquí los documentos que acreditan la legalidad de todo lo que Ud. con tan mala fe ha supuesto que se trata de un embuste.
- Son los hechos los que me han ido dando la razón en todo don Miguel.
- Y estas escrituras, - el visitante le mostraba el legajo de documentos hasta rozarle la nariz - ¿no son hechos suficientemente contundentes acaso?.
El flemático escritor observaba con atención la forma en que el rostro del visitante se iba descomponiendo cada vez más.
- Mire Ud.; tengo aquí en primer lugar, el pedimento de la pertenencia minera a nombre de los señores Juan Godoy, José Godoy y quién habla.
- Por favor siga, porque dicho documento no representa ninguna novedad para nadie. Todo el mundo sabe que desde un principio los tres formaron una sociedad para explotar el mineral.
Miguel Gallo buscó nervioso otros documentos, mientras su anfitrión permanecía impávido e inconmovible.
- Aquí aparece la venta de la parte de don José Godoy y la de don Juan Godoy a quién le habla...
- ¿En cuánto? - preguntó Vallejo.
- Aquí aparece la firma de los dos hermanos Godoy que testifican recibir a entera conformidad los pagos correspondientes.
- ¿En cuánto? - insistió Vallejo en un tono más alto.
- Aquí está véalo con sus propios ojos...$8.245. Ve Ud.; todo conforme a la ley y ajustado a derecho.
- Entonces, mi querido don Miguel, Ud le estaría dando toda la razón a nuestro amigo Rosseau.
Miguel Gallo curvó sus cejas y lo miró extrañado. ¿A quien dice Ud.?
Vallejos tardó su respuesta seguro de provocar mayor malestar al visitante.
- Rousseau, el pensador naturalista francés que señala que la ley es injusta.
Miguel Gallo lo cubrió con una mirada entre escéptica y asombrada. Sintió entonces que los afanes propios de su negocio minero lo habían sacado del permanente interés que siempre había tenido por la lectura y la cultura.
- Concretamente, ¿Ud. piensa que la fortuna de $8.245 no fue suficiente pago por los derechos de los señores Godoy?. Yo creo que dos analfabetos e ignorantes jamás podrían administrar como corresponde tal dineral. ¿De qué podría haberles servido recibir más que eso?. Que por lo demás usted sabe que hoy por hoy, representa una verdadera fortuna. ¿Cuántos años debería trabajar usted, por ejemplo, para reunir dicho dineral?.
- Bueno, mi actividad no es justamente un buen ejemplo de algo por lo cual se perciba ni siquiera lo justo - se disculpó Vallejos - sin embargo, déjeme decirle algo respecto de la fortuna que usted habría pagado a los hermanos Godoy.
Vallejos tomó su pluma y trazó unos números sobre un papel ante la mirada extrañada del visitante. Luego, después de un rato en que parecía estar repasando el par de operaciones que realizara dijo:
- Sr. Gallo: si consideramos la cifra de producción obtenida durante el mismo año del contrato veremos que ésta fue de $1.520.000; eso quiere decir que el valor que se canceló por su mina alcanzó tan sólo al 0,5 por ciento de lo que ésta produjo en un año. ¿Encuentra Ud. justo todo esto?.
Miguel Gallo pareció revolcarse en su asiento haciendo grandes esfuerzos por ordenar las ideas para una adecuada respuesta. Su rostro enrojecido le hacía cada vez más notoria la vena sobresaliente que le cruzaba toda la frente. Dos o tres veces había ordenado y aplastado con sus manos las solapas de su levita que a cada instante le volvían a rozar la barbilla. Finalmente después de un instante que pareció dejar pasar para tranquilizarse se puso de pie y apuntando con el dedo a Vallejo le señaló:
- Al parecer Ud. señor Vallejos sabe mucho de retórica, discursos y literatura, pero desconoce totalmente lo que es el derecho...
Vallejo lo miró tan sólo sin intentar interrumpirlo.
- Al parecer, Ud. no sabe que cuando dos personas adultas asumen un contrato, nadie puede acusar a ninguna de ellas de querer hacerlo efectivo. Le leo textualmente lo que señala este documento: “El señor Juan Godoy, en pleno uso de sus facultades mentales y sin mediar presión alguna, concurre a firmar el presente contrato”. ¿Ve Ud.?. Ahí está su firma, aquí está la mía. Incluso está también las de un par de testigos. ¿Le parece a Ud. que este documento escriturado por don Julio Pradenas Zenteno, notario público autorizado, sea un documento falso o hecho para engañar a alguna persona?.
Se produjo un incómodo silencio en el que Vallejo aprovechó para encender su pipa. Luego, cuando se aseguró que el tabaco se había encendido aspiró fuerte y lanzó hacia un costado una inmensa bocanada de humo.
- Es muy difícil que Ud. comprenda mi posición Sr. Gallo...
- Si, estoy de acuerdo, nunca me podrá convencer Ud. ni nadie, con su gran retórica aristotélica, que estoy cometiendo un robo. Por lo tanto, escúcheme bien - se levantó de su asiento, se acercó hasta el borde del escritorio y apuntándolo con su índice le advirtió en tono amenazante: - la próxima vez que Ud. me mencione en su diario le enviaré mis padrinos. Creo que sólo en campo de honor podremos definir en forma definitiva nuestras diferencias. ¿Está Ud. de acuerdo?.
Fin de Parte III
Pero, ¿quién es este José Joaquín Vallejo, que se hace llamar jotabeche?
Personaje múltiple, periodista, abogado, político, escritor, académico, minero, agricultor, capitán de milicias, diplomático, hombre de mil facetas diversas.
Supo ser provinciano, sin rebajarse a mendigo de la capital. Desde el espacio que supo hacerse en las letras señala: “El provinciano y el burro son los seres para quienes exclusivamente fue fabricada la paciencia”.
Nació en Copiapó en 1811, en una humilde familia. Hijo de Ramón Vallejo, un humilde platero artesanal y Petronila Borkoski Pérez, una descendiente de polacos. La situación familiar fue siempre de duras penurias y apreturas económicas. Tras el terremoto de 1819 su familia decide instalarse en casa de unos tíos en La Serena. A los ocho años inicia su educación formal, primero en una escuela de los franciscanos y luego en el Liceo Chile de Santiago, de propiedad del español José Joaquín de Mora, donde obtiene una beca del gobierno como alumno ayudante que le permite obtener un pequeño salario que le permitió siempre ayudar a su familia. Tras el cierre de dicho colegio, continuó en el Instituto Nacional, donde a sus 19 años siguió cursos de legislación, pero por dificultades económicas no pudo continuar.
“Le remito 4 pesos en plata, pues la mesadita que había dicho ponerle en esa, no se la puesto a causa de que en el colegio creo que se acabará con mucha brevedad, en este caso tendría que retirársela, pero madre esté segura como yo pueda mejor…”
En los hechos nunca dejó de preocuparse por su familia. Cuando adquirió fortuna en las minas de Chañarcillo, aquella exigua mesadita inicial de 4 pesos a su madre, se multiplicó a 4 onzas, que por siempre asignó con ejemplar regularidad.
Su buen rendimiento como estudiante le permitió obtener una beca del gobierno que le permitió trasladarse al Liceo Chile en Santiago, en cuyas aulas establece amistad con personajes tan destacados como José Victorino Lastarria, Manuel Antonio Tocornal y Antonio García Reyes, todos los cuales terminaron por formar parte de la romántica y conocida generación de 1842.
Tras ser trasladado al Instituto Nacional, en 1832, estudió leyes, pero por falta de dinero no pudo terminar dicha carrera. Tres años después el Presidente Prieto, haciendo caso omiso de su condición de opositor, lo designa como secretario de la Intendencia de Maule.
En 1841 se trasladó a Copiapó; coincidentemente se iniciaba el periodo de auge en la minería de la plata. Tras instalar una oficina de abogado comienza a enviar artículos que van apareciendo en El Mercurio, tanto de Santiago como de Valparaíso. Sus artículos sobre la fiebre de la plata de la región, las historias de riquezas instantáneas, las caravanas de aventureros que llegaron a la zona venidos de todas partes del mundo entre muchos otros, captaron toda la atención de los ciudadanos del resto del territorio nacional.
De aquella época es su decisión de comenzar a firmarse Jotabeche, supuestamente usando las iniciales de un vecino del pueblo, famoso por su amenidad y gracia: Juan Bautista Chaigneau.
Sus vínculos sociales le permitieron iniciar con éxito algunas inversiones en la minería. En 1845 fundó “El Copiapino”, en el que difundió interesantes artículos costumbristas que con el tiempo lo convirtieron en el gran escritor criollo, pampino y minero. Sus sabrosas crónicas aparecieron en los principales diarios y revistas del país.
Decía Vallejo: “… bueno, esto de pertenecer a un país estable y ordenado administrativamente nos hace diferente al resto de las naciones. Ese es el gran capital actual de nuestro país. Nuestra patria es hoy por hoy una de las naciones más ilustradas del continente. Eso es un capital que el estado ha administrado en muy buena forma hasta hoy día. Además, nuestro gobierno central ha realizado las gestiones adecuadas para convertirse en un verdadero asilo contra la opresión y la persecución de las dictaduras existentes en el resto de los países americanos. Hemos, por lo tanto, tenido la suerte de acoger a personalidades como don Domingo Faustino Sarmiento perseguido por la dictadura de Rosas en Argentina, o como el ilustrísimo Andrés Bello desde Venezuela y tantos otros que han sido un verdadero y efectivo aporte para nuestra patria. Santiago, debe seguir siendo el centro que irradie la cultura y los grandes lineamientos. El centro que promueva el desarrollo del pensamiento, del arte y la cultura. Atacama favorecido por la divinidad con tanta riqueza minera, por ahora debe contribuir al desarrollo del resto de la nación”.
Sin embargo, en relación con lo netamente político, su discurso se torna en la década del cuarenta más regionalista que nunca, burlándose habitualmente del clima político de la capital. Consideraba que los políticos de Santiago estaban aquejados de “tontedad”. Aseguraba sentirse a gusto en Copiapó porque “la política tiene aquí un interés más accesorio, tan microscópico, que ni siquiera puede considerársela como pasatiempo.
Parte del patrimonio de una ciudad o región está conformada por quienes son sus creadores, especialmente para la época, era la creación literaria la que predominaba. El copiapino José Joaquín Vallejo fue muy certeramente calificado por Benjamín Vicuña Mackenna como un escritor que se caracterizó por ser chilenísimo, ladino, criollo, malicioso, embelequero, copiapino y minero”
Jotabeche, seudónimo que utilizaba al firmar, es reconocido por sus críticos como el padre del costumbrismo. Sus columnas, artículos de prensa y sus cuadros de costumbres populares estaban cargados de humor y talento, y son un notable retrato de la vida cotidiana de la época. Perteneció al movimiento literario denominado la Generación de 1842 y desarrolló en sus escritos una “observación profunda y fina del lado ridículo de los hombres y las cosas, sazonado todo ello con un estilo llano, fluido, original e instintivamente correcto”, según expresó Alberto Edwards.
En 1849, asumió como regidor de Copiapó. Paralelamente, la Universidad de Chile lo nombró miembro académico de la Facultad de Filosofía y Humanidades. Ese mismo año, fue elegido diputado por Huasco. Y posteriormente, en 1852, asumió el mismo cargo en Cauquenes, y fue nombrado Encargado de Negocios de Chile en Bolivia, cargo que realizó hasta 1853.
Su figura se hizo definitivamente pública debido a la polémica entre Andrés Bello y Domingo Faustino Sarmiento, en torno al tema del clasicismo y el romanticismo en la literatura. Sus textos, de mordacidad y humor, fueron no sólo una poderosa arma para las polémicas políticas y literarias en las que formó parte –como la que protagonizó con Domingo Faustino Sarmiento- sino que también fueron un testimonio de gran parte de lo esencial de su época.
Su principal legado fue su escritura y el valor literario de su obra. Abrió el camino a la escritura costumbrista y al nacionalismo literario.
Falleció el 27 de septiembre de 1858. .
En 1977 el Consejo de Monumentos Nacionales incluyó en su lista de bienes patrimoniales, la casa donde vivió Jotabeche. La cual se encuentra en Totoralillo, en la comuna de Tierra Amarilla. Su construcción característica de la época se establece a través de un conjunto de amplias habitaciones rodeadas por un amplio y extenso corredor, como solían ser las antiguas casas de campo, rodeada de frondosos árboles y palmeras, con galerías y corredores, la cual es posible visitar.
Fin de Parte II
Después de que Truman dejara caer sobre Hiroshima y Nagasaki dos bombas que destruyeran sus pueblos, mientras en Nuremberg se juzgara a los jerarcas nazis por “Crímenes en contra de la Humanidad”. Después de que Eleanor Roosvelt propusiera en Naciones Unidas una Declaración Universal de los Derechos Humanos, mientras en los Estados Norteamericano existía una discriminación de iure, en la Unión Soviética se enviara a los disidentes políticos a los Gulag o en Inglaterra y Francia existía dos clases de nacionalidad, la de aquellos que nacieran en su tierra y los otros, los nacidos en sus Colonias.
Después que tomáramos conocimiento de la dicotomía de esos hechos, nacerán dos mundos, contrapuestos, disidentes, contradictorios, excluyente; y no solo será un reflejo de la sociedad mundial, sino que también los descubriremos en cada sociedad, como la norteamericana. Este país marcado por uno de sus lados por el New Deal del Presidente Roosvelt e inspirado en las libertades de Tocqueville, país pujante gracias a la industrialización, la fabricación de autos en cadenas, la exportación al mundo del sueño americano y las licencias de Manhattan y Hollywood. Pero también será una nación encadenada por la desesperación del obrero, el desarraigo de los emigrantes, de la falta de dignidad de la población afroamericana, cuya desigualdad está inscrita en la ley; ese es el país de los granjeros de Cleveland, de las Camareras del Brooklyn, de los maquinistas de Detroit; ese es el país de Martín Luther King, del Gran Gatsby, de Ernest Miller Hemingway y también de Raymond Carver.
Es en ese ambiente, en que Carver llegará ha convertirse en un símbolo, en un ídolo para los jóvenes escritores, con un estilo agorero y derrotista representa la imagen mítica del escritor norteamericano que escribe en un lenguaje claro, simple y directo, hablando sobre temas que todo el mundo entiende. Con Carver los anónimos, los desamparados, los marginados encuentran una imagen digna en la literatura, una imagen en la que los sueños se hacen inalcanzables y los sentimientos evidentes.
Raymond Carver nace un veinticinco de mayo de 1939 en Clatskanie, un pueblecito de setecientos habitantes en el estado de Oregón, su padre Clevie Raymond Carver trabajaba, en los momentos en que se encontraba sobrio, de afilador de serrería. Su madre Ella Beatrice Casey, aparte de cuidar a sus hijos, sería camarera y dependiente. El hogar de los Carver estaba marcado por el estigma de la carencia de medios económicos, son los años de prosperidad de la posguerra y de privaciones para muchos, entre ellos, la familia Carver.
Raymond heredaría de su madre el carácter fuerte y directo y de su padre el alcoholismo que lo acompañaría por muchos años en un camino sinuoso, dejando demasiados heridos a su paso.
En 1957 Carver se casa con Maryann Burk, una chica de dieciséis años. Ese mismo año su padre sufre una crisis psíquica y física, debe ser hospitalizado y muere en una larga agonía, un año después Carver se desplaza junto a su Familia -ya tiene dos hijos- de Yakima a Paradise donde ingresa en la Chico State College.
Será en esta institución que comenzará su aprendizaje literario, en las clases de escritura creativa del profesor John Gardner, destacado escritor que reconocerá su vocación y lo alentará en su carrera. Bajo la órbita de Gardner comienza Carver a escribir sus primeros relatos y, entre sus mentores literarios, encontraremos grandes figuras de la literatura norteamericana como Sherwood Anderson, Ernest Hemingway, y John Cheever. Pero el escritor que verdaderamente marcó a Carver y su forma de escribir fue Antov Chejov.
Al escribir, Raymond Carver sigue sin distracción alguna los principios chejovianos: no a las efusiones verbales, rechazo de la metáfora, objetividad, veracidad y realismo en las descripciones, negación de los recursos elaborados y brevedad extrema.
Nos encontramos en los años sesenta y, en literatura, el interés está centrado en la ficción, las historias realistas se consideran pasadas de moda. Pero Carver no hace caso de modas ni tendencias, sigue sus instintos, como perro de presa, o animal herido, tiene claro lo que quiere escribir y, mientras tenga una botella de whisky cerca, nos mostrará su mundo, el de los desamparados, los antihéroes, los que no van a ninguna parte ni tienen ganas de llegar. De sus textos llegaría a decirse que tienen una claridad chejoviana pero una kafkiana sensación de que algo va terriblemente mal, de la sensación amarga de la lectura y la soledad.
Reinventa el relato corto, tomando como base los preceptos de Chejov, para Carver, el mayor escritor de relatos cortos que jamás haya existido, lo que no solo se reflejará en su propia escritura sino también en los otros escritores del realismo negro norteamericano como Bukowski pero particularmente en su amigo y compañero Richard Ford. Así se sienta las bases para la recuperación del realismo en los años ochenta.
Su universo literario se conforma alrededor de vidas simples, terribles y ordinarias, su personaje más atrayente es el antihéroe, eso es lo que le interesa, el que no hace nada, sino al que le pasan las cosas, el que las sufre sin quererlas, sobreponiéndose. Su punto de atención se concentra en los momentos en los que la identidad social del individuo se tambalea, hace caminar a sus personajes en un desfiladero, los somete a la tortura de lo cotidiano y logra embaucar en ello al lector.
Poco a poco, siguiendo los consejos de sus mentores Gardner, Richard C. Day y Gordon Lish, Raymond refina su estilo, haciendo de la consigna “menos es mas” su estandarte. Su prosa se convierte en un ejemplo de minimalismo, descarnamiento y laconismo.
Enemistado con su mujer y sus hijos, fue ingresado cuatro veces por alcoholismo en los años setenta y seis y setenta y siete en un hospital especial y el dos de junio de 1977, Carver deja de beber. Él mismo nunca supo explicarse un cambio tan radical y milagroso: “Me imagino que simplemente pretendía vivir”, es allí donde comienza su reconocimiento y sus obras se convierten en referentes de influencia capital para toda una generación de escritores.
Fue el mismo quien dijo “(r)ealmente creo que he tenido dos vidas diferentes”. El cambio es milagroso; se divorcia de su primera mujer, conoce a la escritora Tess Gallagher y establece con ella un noviazgo en que se mezcla el amor y la admiración por la literatura. Sus relatos, en este período (años ochenta) adquieren un tono más positivo y optimista frente a los tintes escépticos y pesimistas de sus historias anteriores. Su prosa se hace más humana. Es en esa época en que escribe “Catedral” obra que le proporciona a Raymond nominaciones para el Pulitzer y el National Book Critics Award.
En marzo de 1988 el cáncer se había extendido por su cerebro, en junio reaparece en sus pulmones y el diagnóstico médico es el de una irremediable sentencia a muerte. Chejov, habiendo recibido un diagnostico similar tres años antes de su muerte se casó con la actriz Olga Knipper. Carver, a este respecto, supera a su mentor y se casa con su compañera y colaboradora durante sus últimos diez años, Tess Gallager, el diecisiete de junio de ese mismo año y muere a los dos meses.
Su lenguaje es claro, engañosamente simple y directo, no busca esquinas ni recodos. Los relatos de Carver provocan una respuesta empática en el lector, parte a su obsesión por el detalle, por lo común y ordinario, por las pequeñas cosas que cada día nos ocurren imperceptiblemente.
El mismo nos dice que “(e)s posible, en un poema o en un cuento, escribir sobre cosas y objetos comunes y corrientes usando un lenguaje común y corriente pero preciso, e impartirles a esas cosas –una silla, una cortina, un tenedor, una piedra, un arete de mujer- un poder inmenso, incluso perturbador. Es posible escribir una línea de un aparentemente inofensivo diálogo, y transmitir un escalofrío a lo largo de la columna vertebral del lector. Esa es la clase de literatura que me interesa”.
En cuanto a los objetos incluidos en las escenas de sus relatos, Carver nos comenta: ”No quiero decir que deberían cobrar vida propia, sino que deberían hacer sentir su presencia. Si uno va a describir una cuchara o una silla o un televisor, no hay que poner estos objetos en una escena y luego abandonarlos”.
Uno de los recursos empleados por Carver para provocar esta sensación es el uso de su experiencia. Sus historias se nutren de hechos que él ha escuchado, de personajes que ha conocido, o de situaciones que ha vivido, al igual que Cortazar, quien en más de una oportunidad tuvo que trenzarse en disputas verbales e incluso llegar a los puños por inmiscuirse en conversaciones de extraños, Carver es un constante observador de su sociedad.
En muchas ocasiones se le critica la ausencia de finales nítidos en sus relatos, ¿pero no es ese acaso uno de los atractivos fundamentales de su forma de literatura? En sus escritos no se encuentra el trinomio básico de planteamiento, nudo y desenlace o bien el AIDA como nos enseña Fernando Valenzuela, sino que el elemento propio y justificativo de la calidad literaria de Carver es el de su economía, el nos dice que “(t)odo es importante en un relato, cada palabra, cada signo de puntuación. Creo mucho en la economía dentro de la ficción.”
Raymond Carver es el escritor del realismo negro norteamericano, para muchos su padre. En este sentido el pesimismo y la negatividad que rezuman sus textos surgen de su más íntima convicción: la de que la literatura debe estar ligada a la vida y ésta, la mayoría de las veces, para la mayoría de los mortales, no es sino un sendero plagado de obstáculos.
Juan Pablo Albar A. - Marzo 2010
"El Primer Tren" es una cronica novelada acerca de Jose Joaquin Vallejos, Jotabeche, y el desarrollo del ferrocarril en Chile entre Caldera a Copiapo en 1851. La serie corresponde a un trabajo de Armando Aravena que amerito Mencion Honrosa en un reciente concurso organizado por el Circulo de Periodistas bajo el auspicio del Programa Bicentenario de la independencia de Chile. A continuacion presentamos la primera de 8 partes.
Parte I - La fuerza de la pluma
Una palabra puede herir más que una espada, o llegar más allá que una flecha, podría agregar alguien. En efecto, la sentencia puede ser aun más cierta cuando se trata de la palabra escrita.
Antes que apareciera la radio, la televisión y todos los demás medios modernos de comunicación era la palabra escrita la que muchas veces tuvo la propiedad de cambiar el sentido y la forma en que se dieron los acontecimientos.
En Chile, y muy especialmente en el siglo XIX se produjo la concurrencia de diversos movimientos intelectuales formados por personalidades tanto nacionales como inmigrantes de naciones vecinas, que necesariamente tuvieron una significativa influencia en el destino de nuestra incipiente nación.
Dentro del conjunto de intelectuales de mediados del siglo XIX, nos encontramos con la brillante personalidad de José Joaquín Vallejo, cuya multiplicidad de intereses y oficios fue determinante en numerosas obras y emprendimientos que determinaron significativos avances en ciertas áreas específicas del desarrollo de nuestro país.
Una de ellas, quizás la más destacada y conocida de sus empresas, fue la creación de El Copiapino, diario local cuya aparición en el periodo de mayor auge económico de la zona, se convirtió en un verdadero motor de progreso para la región.
Sin embargo, el verdadero y más significativo aporte al progreso no sólo de la región de Atacama sino de todo el país fue su decisivo apoyo a la construcción del primer tren instalado en Chile que uniría el puerto de Caldera con la ciudad de Copiapó.
A través de este trabajo trataremos de establecer la forma en que se produjo la intervención del famoso escritor que terminó con la instalación un día 25 de diciembre de 1851 del primer tren que corrió en nuestro país.
José Joaquín Vallejos reconocido como el más importante de los costumbristas - el mejor de los nortinos - específicamente de los hijos del Desierto de Atacama - quizás el más árido de la tierra - fertilizó una de las ideas más peregrinas de su época; instalar por primera vez en Chile, un tren.
Fue él quien inclinó la balanza a favor del progreso en contra de quienes a mediados del siglo XIX pensaban que aquello que existía en aquel entonces sólo en algunos escasísimos lugares Europa y Estados Unidos se pudiera replicar en Chile, ni menos aun en una región tan apartada del centro del país como era la de Atacama.
La sagaz pluma del Copiapino fue la que terminó por convencer a los copiapinos y calderinos que sólo la llegada del tren podría hacer justicia con la región que por aquellos años realizaba los mayores aportes al erario nacional y por tanto correspondía que antes que ninguna otra, dispusiera de un medio cuyo efecto había significado un verdadero salto al futuro en las principales ciudades de Estados Unidos y Europa.
En los hechos, el desarrollo económico social y cultural de la región había comenzado dos décadas atrás. Fue el descubrimiento del mineral de plata de Chañarcillo, realizado por Juan Godoy el 16 de mayo de 1832, el hecho que convirtió la región, hasta ese entonces con una escasa producción de ganado menor, principalmente caprino, en una verdadera potencia minera de renombre y prestigio mundial.
A su vez el nacimiento de los ferrocarriles representa en el universo del siglo XIX, la culminación de un proceso de evolución tecnológica que comenzó con la revolución industrial en el siglo XVIII. Los trenes y por ende las locomotoras permitían, como nunca, el transporte de personas y cargas desde lejanos puntos a otros aún más distantes, y junto a ellos el tren transmitió las nuevas ideas, modas y transformaciones radicales de la sociedad. De allí que la instalación de un primer ferrocarril en Chile, entre Caldera y Copiapó el año 1851, representó a la larga un hito de extraordinaria importancia tanto para la región como para el país en general.
Sin embargo, como en toda nueva empresa que emprenden los hombres hubo de inmediato una reacción por parte de quienes consideraban que con la llegada del tren se verían afectados sus intereses particulares. Es el caso, por ejemplo, de los dueños de las tropas de mulas, carretas y birlochas, que eran quienes trasladaban el material desde la mina hasta el puerto de Caldera. Más de veinte mil eran el total de estos animales cuyos dueños se habían hecho de pequeñas fortunas con este servicio de transporte.
La jerarquía de iglesia católica de la región también fijó su posición contraria a las maniobras de instalación del tren. Su principal argumento se basaba en el hecho que trabajos de tal envergadura provocaría necesariamente la llegada a la región de una enorme cantidad de extraños con costumbres y maneras muy distintas a las de la gente que tradicionalmente vivían en la región. El argumento tenía mucho de verdad si se considera el hecho que dentro de los extranjeros principalmente norteamericanos e ingleses muchos de ellos, por no decir la totalidad eran protestantes.
El primero en pensar en instalar una vía de ferrocarril en Chile, fue Juan Mouat, prestigioso relojero porteño que de visita en la región en el año 1845 planteó la idea de unir por ferrocarril Copiapó con la costa. Tal fue el convencimiento respecto de la factibilidad y utilidad de su idea, que realizó todos los trámites ante la autoridad de la época hasta conseguir las concesiones estatales necesarias.
Advertido José Joaquín Vallejos de dicho proyecto viaja a Valparaíso a entrevistarse con Juan Mouat. Tras una amena conversación se queda con el absoluto convencimiento que debe ser él quien debe hacer el puente entre Moact, el grupo de los principales empresarios mineros y el gobierno, para la concreción de uno de los proyectos más ambiciosos que hasta ese momento se haya emprendido dentro del país.
Surge entonces la figura de William Wheelwright, exitoso empresario estadounidense quien considera factible la posibilidad de poner en marcha un tren. Fue entonces que con fecha 3 de octubre de 1849 se constituye la Sociedad del Camino del Ferrocarril de Copiapó. Los accionistas fueron los siguientes: Candelaria Goyenechea, Diego Carballo, Agustín Edwards, Vicente Subercaseaux, Guillermo Wheelwrigth, Gregorio Ossa Cerda, Domingo Vega, los hermanos Tocornal, José Santos Cifuentes, José María Montt, Manuel del Carril y Matías Cousiño.
Los accionistas de esta nueva sociedad juntaron la increíble suma - para la fecha - de $8.000.000 pesos, que se traducía en 1.600 acciones. Con dicho capital se encargaron tres locomotoras a la empresa Norris Brothers de Filadelfia, las que llegaron en junio de 1850 a bordo de la fragata Switzerland, siendo bautizadas como La Copiapó, La Tres Puntas y La Chañarcillo.
Fin de Parte I.
Amigos, les presento a Juan Delcárcel, oriundo de la ciudad gótica Del Hoyo, pariente cercano de muchos amigos del trabajo pala-picota. Este hombre es experto en agujeros de extrema precisión pues es asalariado de muchos años en que trabaja a jornada completa realizando numerosos hoyos. Demas está decir que le pagan por hacerlos mas un 15% de asignación por hoyo consumado. ¿Herramientas?: artesano de la perforadora pública se especializa en perforaciones artesanales en la cárcel.
Pero, mire usté este hombre es fantástico y muy destacado y ya va contando tantas perforaciones que es titulado magister de lo mismo.
Y he aquí lo que ocurrió.
El amigo Delcárcel quedó preso por predicar en la vía pública la venida de NSJto con una botella de cerveza en la mano y tomado por la mano de un amigo homocinético y ambisexual.
Esperando una sentencia que no llegaba presurosa decidió, a manera de práctica profesional, cavar un agujero sin salida desde la cárcel pública hasta la misma de Rancagua, exenta de interrupcioones, trabajo que duró dos semestres y que no fue interrumpido por gendarme alguno, dada su experticia en la materia.
Así es amigo. Un túnel directo entre la cárcel pública y la idem de Rancagua. por allí escaparon varios compañeros presos engañados por la falsa idea de libertadad y creyendo encontrarla a la salida del túnel público hasta constatar que se dirigían sin peajes directo a la otra de Rancagua.
Créame amigo, que esta es una historia inverosímil para mi, mas no para los crédulos que no requieren ver la noticia escrita en el diario para hacerla fe y verdad cierta.
Cristobal Salinas-2010
No quiso estar antes - aunque por instantes, dentro de su ansiedad por verla, lo pensó - sin embargo, de inmediato se dio cuenta que aquello en nada podría adelantar los hechos. Llegó a la hora exacta. A la de siempre. A la precisa, aquella que sólo había unos minutos de diferencia entre la llegada de uno y otro.
Se ubicó en la mesa de costumbre, frente al ventanal que era desde donde avistaba su llegada cuando ella descendía del transporte público y atravesaba la calle buscándolo con la mirada.
No quiso pedir lo habitual. La joven mesera pareció extrañar la orden, pero se inhibió de preguntar por su habitual compañera. Él tampoco dio pie para que lo hiciera. Tras la orden extendió el diario sobre la mesa como para demostrar que no quería hablar sobre el tema. Ni de eso ni de nada. Sólo mantenerse expectante a la llegada.
Tampoco quiso dejar que le hablara cuando la joven volvió con el jugo de damasco y al posarlo sobre la mesa arrastró su mirada sobre la de él que en ningún instante le volvió la vista.
De nuevo el diario lo volvió a llenar de preocupación y desesperanza. Las fotos con escenas de destrucción completaban todas las páginas y las crónicas parecían competir en ahondar cada vez el enorme volumen de la tragedia. Había pasado exactamente una semana de los hechos y aun las cifras de muerte y destrucción parecían seguir incrementando sin dar visos de completarse. El terremoto había cambiado la dinámica y la vida de los ciudadanos de la ciudad con su nefasto manto de horror y desolación.
Y de nuevo, tal como había ocurrido en los últimos días un doloroso malestar se le vino a instalar una vez más en el centro del estómago. Bebió con avidez su jugo temeroso de que de nuevo las nauseas se le volvieran a transformar en vómitos como ya le había ocurrido dos o tres veces durante la semana.
Si bien se contuvo durante un rato de mirar su reloj, sabía muy bien cuanto tiempo había pasado. Nunca había tardado tanto en llegar. Desesperado casi, volvió a coger el diario para examinar una vez más la lista de personas desaparecidas en la ciudad. El nombre Teresa aparecía sólo una sola vez en el extenso listado. Quiso tratar de reconocerla a través de aquel par de apellidos que aparecían a continuación en un absurdo intento de relacionarlos con su aspecto, la manera de ser y todo lo poco que conocía de ella y le dieran alguna pista acerca de su verdadera identidad. Cerró el diario con desesperación, aplastándolo con sus brazos contra la cubierta de la mesa.
Nunca decirse nada más que el nombre. El nombre verdadero, al menos. Pero sólo el nombre. Jamás ningún otro dato. Habían convenido que agregar más datos le quitaría todo el encanto a aquellas citas íntimas que concluían siempre bien entrada la noche, a la salida del motel de la segunda avenida dos cuadras más allá.
Nunca saber nada ni nunca comprometerse. Ni promesas ni planes conjuntos; nada. Sólo aquellas horas que a ambos tanto les complacían. Ese convenio tácito de darse felicidad para compartir ambas soledades, con el vértigo seductor y salvaje que para ciertas personas prodiga el hacer el amor con desconocidos.
Ahora sí no pudo evitar mirar su reloj y el nudo del estómago se le trasladó entonces a la garganta impidiéndole respirar. Desesperado se levanto de su asiento y con ambas manos comenzó a golpear su garganta. Rojo y con los ojos desorbitados cayó sobre la mesa para luego ir a golpear secamente su cabeza contra las baldosas.
-¡Se muere! – exclamó alguien tras revisar sus signos vitales.
Minutos más tarde una ambulancia retiraba su cuerpo casi exhausto.
Tras un rato y cuando la consternación parecía haberse disipado Teresa entró presurosa al lugar para examinar con la vista a quienes se distribuían a través de las mesas. Inquieta y agitada caminó hasta el fondo del lugar para cerciorarse que realmente él no estaba. Volvió a extender su mirada por todo el espacio y sin poder casi controlar su turbación se dejó caer sobre uno de los asientos para extender sobre la mesa el listado que extrajo desde su cartera. El nombre Mario, aparecía remarcado dos o tres veces en la extensa nómina de los desaparecidos. Miró una y otras vez hacia la calle y luego al mirar su reloj maldijo la tardanza del transporte que tras el terremoto había aumentado los tiempos de espera. Bebió de un sorbo el pisco sour que había ordenado, se puso de pie y caminó casi sin sentido la larga esquina de la avenida que pareció tragársela en la oscuridad de la fría noche de otoño.
ARMANDO ARAVENA ARELLANO - 2010
Hace algunos años, mientras en mi oficina revisaba papeles, cartas, mensajes y otros documentos a los cuales había que darles una solución, mi secretaria entró a la oficina y me dijo;
-Acaba de llegar un señor que no se identifica e insiste en hablar con Ud., ¿lo hago pasar?
Como primer impulso fue darle una respuesta negativa, pero tras unos segundos reaccioné pensando en librarme momentáneamente de los enredos que tenía con ese cerro de documentos y acepté la visita de ese inesperado personaje, quien me saludó con un
-Muy buenos días señor
Frase muy bien pronunciada y sin acento nacional alguno pero con un énfasis más bien humilde, de acuerdo con su aspecto personal.
- Bienvenido , ¿en que le podemos servir?
- Antes que nada me presento; YO SOY MAGO, y como tal, vengo a ofrecerle mis servicios
Esa vez su tono no fue de humildad ni tampoco de arrogancia sino que reflejaba convencimiento y seguridad.
Esta extraña presentación me desconcertó y le informé que no veía en que podríamos atenderle. De inmediato , y siempre en forma muy respetuosa me concretó la oferta de sus servicios.
- Tengo entendido que las empresas de su magnitud cada cierto tiempo hacen reuniones con sus clientes y distribuidores para presentarles sus nuevos productos y tarifas, ocasiones en las que es conveniente amenizar el acto con algo novedoso fuera de lo común. Para esa ocasión, un pequeño show de magia será de gran ayuda.
No obstante lo curioso de ese ofrecimiento, yo no estaba muy convencido , entonces este mago me hizo la siguiente oferta :
- Si Ud. lo estima conveniente, reúna por unos minutos su personal esta tarde al término de la jornada y yo le haré una presentación de magia sin costo ni compromiso para Ud., momento en el que podrá apreciar mi actuación.
Mas que nada por la influencia de mi subconsciente que me incitaba a olvidar aquel montón de documentos que tenía que estudiar y solucionar, y considerando la oferta sin compromiso, la acepté.
Esa tarde, parte del personal administrativo lleno de curiosidad concurrió a la cita a la sala de conferencias.
- Muy buenas tardes estimadas damas y respetados caballeros; vengo de un país muy al norte a ofrecerle unos minutos de sana y mágica distracción. Como responsable Mago inicio mi presentación solicitando que una de las damas tome varios sobres, escriba el nombre de algunas personas presentes que coloquen dentro un objeto personal de cada una y cerrarlo. Todo esto fuera del alcance de mis ojos y oídos. Para lo cual solicito guardar un prudente silencio y que mis ojos sean y permanezcan vendados. Posteriormente yo recibiré un sobre cerrado cada vez e informaré el nombre escrito sin verlo y su contenido sin abrirlo.
Efectivamente siempre con los ojos vendados recibió el primer sobre, lo palpó y se lo mostró detenidamente a la concurrencia durante algunos minutos para que todos vieran los nombres escritos en ellos . Posteriormente repitió la muestra solo a un sector de los empleados deteniéndose finalmente frente a uno de ellos siempre mostrándole el sobre dando su nombre y solicitándole si efectivamente ese era el suyo, lo que la persona confirmó. En seguida le pidió que recuerde mentalmente que objeto colocó en el sobre . Acto seguido, el Mago informa que se trata de las llaves del primer cajón de su escritorio.
Esas mismas circunstancias se repitieron con otro de los presentes donde determinó el nombre de la persona y el contenido del sobre que esa vez se trataba de una tarjeta de una empresa distribuidora de nuestros productos. Así mismo repitió estos aciertos a los nombres y contenidos de otros casos
Finalmente siguiendo el mismo proceso anterior se detuvo ante mi, siempre mostrándome el sobre que me pertenecía, dijo mi nombre indicando que el contenido se trataba de mi cédula de identidad con su correspondiente número . Además me solicitaba autorización para dar a conocer mi fecha de nacimiento a lo cual por supuesto accedí comprobándose su acierto.
Ante tan convincentes actos y varios otros no me quedó otra alternativa que contratarlo para una presentación ante una gran reunión que nuestra empresa tenía anteriormente programada en un salón de un hotel capitalino con todos nuestros distribuidores, la que fue todo un éxito gracias a sus variadas actuaciones mágicas, entre las que se contaban además de las ya relatadas otras que se describen a continuación;
A uno de los presentes el Mago solicitó escribir y llenar un gran pizarrón con números diferentes o repetidos hasta con tres dígitos cada uno en el más completo desorden, mientras él mantenía sus ojos vendados. A continuación se sacó la venda de sus ojos y miró el pizarrón durante unos treinta segundos. Después le dio la espalda al pizarrón y sin mirarlo empezó a repetir todos los números en el mismo orden escrito sin equivocarse . Luego preguntó si deseábamos que lo hiciera en orden inverso , lo que aceptamos y cumplió sin ningún error.
Otra actuación impresionante fue cuando anunció que iba a tratar de mover la maqueta de un avión que formaba parte del adorno a la presentación a nuestros distribuidores. Eso sí que advirtió que no estaba muy seguro de que le resultara. Se distanció de la maqueta a unos tres o cuatro metros y mirándola fijamente durante un minuto el avioncito empezó a temblar en forma espectacular.
Durante un tiempo he estado pensando cuales eran sus trucos, los que a la fecha he tenido que descartar y aceptar que este personaje era poseedor de extraordinarias dotes mentales.
Días después al despedirme, pagarle y felicitarle por su actuación le hice presente medio en broma, lo peligroso que era conversar con él, porque tenía el poder de leerle a uno la mente, y me respondió :
- Los Verdaderos Magos tenemos nuestro código de ética, y no nos aprovechamos en forma indebida de nuestras capacidades.
Acto seguido, se despidió y desapareció.
Carlos Guerra-2008
Su piel exudaba un cambio.
Era algo similar a lo que les ocurría a las pequeñas culebras de la isla que irremediablemente, y cada cierto tiempo, cambian su piel por otra nueva. Pero ella no era un reptil. Ella era Maru-Tahoe, mujer humana, alrededor de quién se habían tejido muchas leyendas de veracidad, entereza e indulgencia.
La noche de primavera era fresca. Abrió los ojos y entre la penumbra de ese cuarto muy cercano al mar distinguió a su lado, en la cama, al que hasta ahora había sido el compañero de su vida. Quiso tocarlo, pero su ser más íntimo – aquel de ancestrales raíces polinésicas y laponas – la detuvo.
Para qué despertarlo si todo en él era lo que le amarraba a esa vieja piel que esta noche gritaba por desperezarse y desprenderse.
¿Había sido su Príncipe Azul?.
Sí. Hacía muchos años, cuándo él era joven y robusto, había ganado la ancestral competencia del huevo del pájaro Manu Tara. Había saltado al vacío en el lugar más profundo del azul cobalto que allí mostraba el Pacífico y con brazadas magnificentes había derrotado a todos sus oponentes.
La noche de aquel día de gloria, él la había elegido y a la luz de una luna menguante, junto al volcán Ranu Raraku le había besado con miel en los labios y fuego en el corazón.
Después de muchísimos años juntos, con cuatro bellos y amados hijos ya mayores, él había envejecido y aún seguía siendo un buen hombre, un buen padre y una gran persona.
Se levantó silente y se encaminó hacia ese pequeño baño qué él había construido con una gran tragaluz que permitía el acceso de la blanquecina luz de la luna, y el que ella había plagado de plantas y helechos.
Se paró frente al espejo que había reflejado mil veces su jovial rostro, que había sido testigo de más de algún momento de excitación y lujuria entre ella y su hombre.
Lentamente se sacó la camisa de dormir y la dejó caer a sus pies.
El reflejo que le regaló el espejo le gustó. Pese a su somnolencia y a su pelo algo enmarañado, sonrió.
Frente a ella estaba una hermosa mujer de cuarenta y tantos años, de bellos ojos color caramelo, de una tez mate lisa que sólo predecía leves surcos y arrugas que le daban una belleza más madura, más interesante, más de mujer.
Sus labios carnosos ocultaban una blanca dentadura y su pelo negro ondulado le daba una exultante y exótica hermosura.
Bajó la vista. Su busto era pequeño pero armónico y redondo. Su cintura era el anticipo de un par de ánforas perfectas que conformaban sus caderas. Su ombligo, al que él graciosamente llamaba su “Rapa Nui”, igual que la isla, encaminaba hacia la piel menos mate limitando en su entrepierna majestuosa.
Su mente voló a tiempos pretéritos, a un momento puntual en el que ambos, su hombre y ella, desnudos en las blancas arenas de Anakena se había jurado el amor más profundo para toda la eternidad al hacer el amor y conjurar así la magia de su promesa.
Un repentino y forzado acceso de tos propia le sacó de su recuerdo, al oír un ruido. Pero no era más que un nuevo ritmo de ronquido de ese hombre que estaba en su cama, y que algún día había sido el hombre del Manu Tara.
Su mente la forzó a retomar el recuerdo de ese atardecer impúdico en la gran playa de las diez palmeras y los ocho mohais que dirigían su vista al Ranu Raraku y sus espaldas a la Polinesia.
El cuerpo de él y ella entrelazado y fundido en un solo ser placentero y lujurioso, de carne y de alma. El deseo más profundo, el amor descarado y todo lo que a ellos rodeaba, exhalaba pasión y vida.
Sus ojos se abrieron.
Su mano derecha se deslizó lentamente desde sus senos turgidos hasta su pequeño “Rapa Nui”, y siguió cadencioso camino a su propio volcán Ranu Raraku. Sus dedos fueron artífices de aquella confabulación de fronteras. Todo en ella fue una explosión. Había vuelto a Anakena.
Su cuerpo estaba mojado de sudor y deseo, su pecho palpitaba y la obligaba a jadear.
Sus piernas temblaban y su mano delataba la fruición de sus sentidos y su pasión casi perdidos.
Esa noche, después de muchas noches silenciosas, vacías y ásperas, ella por fin había cambiado su piel, había comprendido que todo sería diferente.
Ya no amaba a ese maravilloso hombre que había compartido con ella más de veinte años. No, desde esta noche de piel, de verdadera piel, ella se había vuelto a enamorar. Esta vez de ella.
Maru-Tahoe se puso nuevamente su camisa de dormir y se acostó donde siempre, junto a él. Una extraña mueca de satisfacción y profunda pena se dibujó en su bello rostro al quedarse dormida.
Roberto Cuadros-2008
Tenía cinco hijos robustos, cara de zanahoria, que lloraban todo el día pidiendo comida. Un marido que lejos de ser comprensivo, llegaba justo al mediodía a almorzar y aunque ese era precisamente el horario de mayor ajetreo en la casa, la comida debía estar lista, los cabros mayores en su rincón sin decir palabra y con los mocos sonados, los más pequeños con pañales limpios y la guagua pegada a su teta, para evitar que llorara, aunque de tantos tirones ya su pezón parecía un elástico.
Ese día estaba un poco atrasada. La guagua lloraba y tenía fiebre, pero el Señor de la Casa no tardaba en llegar. Se apuró. Su corazón acelerado no cabía en su pecho y su rostro se enrojeció por los nervios. Se esforzó un poco más y recostó a sus tres hijos menores en hilera para cambiar pañales uno por uno. Rápidamente fueron saliendo sonrisas y potos secos, a la vez que gran cantidad de trapos mojados con pipí y demás desechos de los gordinflones que mientras más comían, más grande era el resultado. -Tendré que lavar de inmediato antes de pasar la casa con este olor- Pensó. Ese desagradable hedor seguro molestaría mucho a su esposo, y tal vez no quisiera comer, o más aún, le gritara lo de siempre "Ni siquiera pudiste ventilar la casa, puta floja".
Levantó la cabeza, respiró profundo, apretó los dientes y sentó a los cabros uno por uno en un rincón, cada uno con su juguete. Se acercó a la cuna de madera arrimada contra el muro cerca de la ventana para acostar la guagua y cuando levantó la cabeza su mirada perdida vagó por el horizonte a través de la ventana abierta y se quedó fija por largo rato sin expresión. De pronto un -!OOOHH!- de exclamación salió ahogado de su garganta y sus ojos se pegaron en el desastre que estaban dejando los catorce chanchos que se escaparon de su corral y se metieron sin pudores a escarbar el sembrado de papas.
Sin pensarlo dos veces, salió corriendo y gritando !fuera! !aale! !aale chanchos! dejando el montón de chiquillos lloriqueando en la enorme cocina de la casa, a cargo de su hermanito mayor, que era ya a sus 4 años debía hacerse responsable.
-!Cuida a tus hermanitos!, !Vuelvo al tiro!- indicó Epifania con voz acelerada.
El Caballero llegó y traía hambre después de una larga mañana de trabajo. Exigía ser atendido de inmediato, como corresponde al Dueño de Casa. Su mujer debía correr a servirlo, que pa' eso se casó con ella.
Era un hombrón fuerte, con espaldas anchas que soportaban el duro trabajo al que estaba acostumbrado. El debía proveer a su familia sin quejarse, después de todo siempre el hombre es el que trabaja. Su padre le había enseñado que había que esforzarse mucho ya que no recibiría ayuda alguna de nadie, menos de su mujer. -Las mujeres sólo flojean, exigen y se quejan de cansancio. -!"Hay que manijarlas cortitas y no aguantarles ni'una y de vez en cuando hay que darles duro pa' que entiendan"!- Le decía, mientras lo conminaba a tomarse otra cerveza. “Otra pirsencita pa' apagar la séh, hijo. Pa’ que te vai a ir tan temprano pa’ tu casa, con esta calore -.
Rosendo miró a los niños sin ternura y pasó directo al lavaplatos de la esquina a lavarse las manos. Se sentó a la mesa y aunque los niños le sonreían se quedó sin decir palabra. -¿y tu mamá?- preguntó por fin al mayor de los niños. El pequeño se encogió de hombros y no atinó a responder. Se paró y caminó de un lado para otro, furioso... esperando, pero ella no aparecía. Tenía mucha hambre, de modo que decidió hurgar en la olla del almuerzo, que permanecía caliente en una esquina de la cocina a leña aún roja por el calor.
Encontró un trutro de gallina, lo sacó con cuidado de aquella cazuela hirviente, agarrándolo firmemente del hueso de la pata para no quemarse y lo engulló lo más rápido que pudo, al mismo tiempo que sentía los pesados pasos de Epifania acercándose lentamente.
Su corazón dio un gran salto y sus ojos reflejaron el susto de un niño descubierto en una maldad. Miró a todos lados y se apresuró a buscar algo con que limpiarse la boca para tapar su cometido. Encontró un paño tirado en el suelo de tierra, cerca del lavaplatos. Lo cogió rápidamente y se limpió los restos de pollo, girando en un círculo sobre sus grandes bigotes de campesino. Volvió a sentarse en su lugar y esperó con cara de fiera embravecida a que ella entrara. -¿'Onstabas?. !Hace rato qui’stoy esperando mi comí'a!-, gritó a voces.
Epifania levantó la vista con desgano mientras empapaba con las mangas de su blusa las grandes gotas de sudor que escurrían desde su frente y corrían raudas en dirección a su boca. Miró a su esposo con la intención de responder, pero sus ojos cayeron directamente sobre el bigote de Rosendo y una gran mueca de risa encendió su rostro; de los largos y negros mustachos de su esposo, colgaban varios trozos de algo blando y amarillento, semidespedazado y como aplastado. Epifania rió; con sus ojos, con todo su cuerpo, con una risa fuerte, profunda y que retumbaba en toda la casa.
-¿De que´te reís, estúpida?-, preguntó furioso, -¿que tengo monos en la cara?-.
-!No!-. Contestó ella suavemente sin quitar la amplia sonrisa de su rostro, - tenís mierda -.
El rostro de Rosendo se encendió al mismo tiempo que levantó su pesada mano y la dejó caer con fuerza sobre el rostro de Epifania quien se encogió de dolor.
-Esto te va a enseñar a no faltarle el respeto a tu hombre, puta 'e mierda- gritó el hombre embravecido. -¿Que te habís figura’o que soy yo?-.
Salió de la cocina dando un fuerte portazo, mientras Epifania gemía de rabia y dolor encogida en un rincón y los chiquillos la rodeaban colgados de su pollera, muy asustados.
Aún con la furia reflejada en su rostro, Rosendo se dirigió a La Rancha. De dos zancadas alcanzó la puerta del cobertizo de madera que se encontraba casi junto a la casa y abrió la puerta con furia, propinando una fuerte patada a una de las gallinas que aprovechaba los sacos con lana de oveja amontonados en una esquina, para poner sus huevos. Aún con el rostro encolerizado se dirigió al espejo viejo y descascarado que colgaba de un clavo en el muro, justo sobre el lavatorio de plástico carcomido por el tiempo, que permanecía sobre un tronco redondo de árbol seco.
Llenó el lavatorio y sumergió las manos en el agua fresca tratando de buscar alivio, al mismo tiempo que levantaba la cabeza en forma inconciente para mirarse en el espejo. Vio entonces, los pedacitos de caca del pañal del chiquillo con el que se había limpiado la boca, aún incrustados en sus bigotes. Su corazón dio un gran vuelco y comenzó a latir aceleradamente, como si quisiera escapar de su pecho.
Se lavó la cara con jabón haciendo un fuerte ruido con sus manos al frotarlas duramente contra su rostro, muerto de ira consigo mismo y sintiéndose muy culpable del gran golpe en la cara de su mujer. Pero él sabía que un hombre que se precie de serlo, jamás debe reconocer que se equivoca, menos ante su mujer. Tomó su sombrero, llamó a su perro Cholo con un silbido y salió sin mirar atrás, tratando de olvidar lo que había hecho lo más rápidamente posible y repitiéndose a sí mismo - ¡las mujeres se lo merecen!-. El realmente pensaba que a todas había que tratarlas así para que aprendieran a comportarse y a respetar a su hombre.
Los árboles se mecían suavemente con el viento y el sol no dejaba de azotar su rostro con sus potentes rayos, mientras que el perro caminaba taciturno al lado de su amo, tratando de refrescar su lengua exponiéndola al aire cuan larga era, casi lamiendo la tierra del camino y dejando un reguero de baba que marcaba su paso.
Por esos días el calor era tan irresistible, que la tierra comenzaba a partirse en pequeños trozos, y el pasto se secaba irremisiblemente, mientras que los árboles parecían mirar con desesperación, clamando por un poco de agua antes de morir. Eran los días de la terrible sequía. Los días en que un hombre hubiese preferido estar bajo la sombra y bebiendo un refrescante trago de cerveza, antes que salir a trabajar. Pero la historia está escrita y un hombre debe trabajar duro, trabajar hasta que se revienten las ampollas de las manos y los callos de los pies lleguen a expeler vapor de tanto dolor.
Él nunca se quejó de cansancio. Tenía un poco más de cinco años y su trabajo ya era muy duro, pero jamás vio que la vida fuera distinta. Levantarse antes del amanecer para sacar la leche, separar mamones, amamantar los más pequeños, llevar las vacas al campo. De tanto correr de un lado hacia otro podrían contarse kilómetros y kilómetros recorridos. Sin embargo, había aprendido de su padre que ese era el castigo divino por haber sido desobedientes y por haberse dejado tentar por una puta mujer. Dios siempre sabe lo que hace y nadie está cuestionando el trabajo de los hombres. !Porque, pa' eso son hombres!, No?.
Sólo Dios sabe cuantas cosas pasaron por su mente, cuantas angustias diezmaban el espacio completo de su alma. Quería gritar. Gritar hasta perder la voz para desahogarse de ese tormento. Quería que las montañas repitieran su eco y lo ayudaran a pedir perdón.
Que los hombres jamás deben pedir perdón a una mujer, había aprendido de su padre. Había aprendido a no llorar, ni por dolor, ni por angustia.
Había aprendido que una mujer siempre es un estorbo, aunque siempre que estaba por allí cansado y hambriento, sólo pensaba en la Epi.
Recorrió los bosques y vagó por las grandes praderas mientras el viento del sur parecía haber olvidado soplar por ese día y el sol quemaba sin piedad la piel de su rostro. Fue deshaciéndose de sus tareas de una en una, hasta que todo estuvo listo sin darse cuenta. Ya la noche se acercaba y tenía mucha hambre, así es que decidió volver a casa. Caminó lentamente por el delgado sendero a la orilla de la cerca de alambres que impedían el paso de las vacas al sembrado de trébol, y a la distancia podía divisar la columna de humo que salía en forma ordenada del caño de su cabaña. Pensó en la comida caliente, la cazuela de pollo y el pan caliente que no comió en el almuerzo y su estómago crujió.
Avanzó con sus fuertes pisadas hasta alcanzar la puerta de la casa y abrió. Todo parecía tranquilo, la cocina a leña estaba casi apagada y la temperatura de la habitación era muy agradable. Aunque estaba un poco oscuro, con los últimos rayos de la luz del día pudo divisar a los niños en su rincón, jugando en silencio, calmados, casi sin hacer ruidos... en paz.
Guió sus ojos a través de la habitación lentamente tratando de encontrar a su mujer, siguiendo los hilos de luz que se colaban por entre las rendijas de la construcción, pero no estaba allí. -¿Donde estará?- Pensó, -Ojalá no esté tan enojá’ y se haya olvidado de la cachetá’ que le dí!-. Rosendo siempre creyó que las mujeres eran tan manejables. Un par de palabras amables y volvían a cumplir sus tareas con una sonrisa. Seguramente sería un moretón más en su rostro, pero ya le había hecho tantos y la Epi siempre olvidaba todo en un rato-.
Dio una nueva mirada a sus hijos, que parecían demasiado quietos, y salió en busca de su mujer. Caminó lentamente por el pasillo hasta la portezuela de madera. Quitó la amarra de alambre y continuó su camino oteando el horizonte oscurecido tratando de divisar algún movimiento, pero nada... sólo una delicada brisa fría rozaba su piel haciendo que todo pareciera perfecto.
Recorrió el campo, hurgando detenidamente los rincones, sin atreverse a llamarla. - Talvez no debí reaccionar así -, pensó mientras escudriñaba los lugares más alejadas y oscuros del campo. -Quizás no debí golpearla tan fuerte-. Seguramente estaba muy enojada y se tardaría días en volver a hablar con él o dejarle ver su suave sonrisa nuevamente.
No estaba por ninguna parte y Rosendo comenzó a desesperarse. Seguramente los niños ya empezarían a tener hambre y él no tenía ni la menor idea de como alimentarlos o cambiarles los pañales. Comenzó a caminar más rápidamente en dirección al enorme Sauco que se encontraba al final del potrero. A la Epi le gustaba descansar bajo su sombra y exprimir sus jugosos frutos directamente en su boca, dejando sus labios teñidos de un rojo profundo que la hacía ver mucho más bonita. A veces la observaba por largo rato, semiescondido para que ella no lo viera y disfrutaba sintiendo la alegría que irradiaba su mujer, bajo ese frondoso árbol.
Dejó sus pensamientos volar mientras sus pies se deslizaban sin darse cuenta hacia ese lugar esperando encontrarla allí. Ya se había venido la noche y estaba bastante oscuro, pero algunos delicados haces de luz se colaban entre las hojas del Sauco, permitiendo que Rosendo pudiera distinguir un pesado bulto que colgaba de una gruesa rama, meciéndose suavemente a su propio compás...
La tranquila tarde sólo se vio alterada por un grito desgarrador que atravesó los campos y fue repetido una y otra vez por el eco que parecía no olvidar los enormes ojos negros y los delicados labios rojos de Epifania...
Josefa Nahuelpan-2008
Ricardo, hacía 18 años que estaba casado, tenía tres hijos y trabajaba en su antigua casona, en su lugar de inspiración, para trabajar en su oficio de pintor. Su señora aparecía allí dos veces al día llevándole cosas de comer, entrecruzaban algunas frases donde estaba presente la laboriosidad del hombre, siempre muy ocupado. Sus hijos intentaban no interrumpirlo para evitar problemas posteriores en la mesa, en la cena.
El pintor tenía esbozado en el bastidor, la figura de medio cuerpo de mujer y había comenzando la segunda etapa: la pintura al óleo.
Sobre la tela, emergía el rostro era de una joven de tez blanca, enrojecida por el frío, pelo negro, negros ojos penetrantes muy bien logrados, que miraban fijo al pintor. Cuando le estaba dando una forma muy real a la nariz, un gesto de enojo en ella surgió a la vista del artista, que antes no había notado. Estuvo observándola desde diversos ángulos y distancias, entrecerrando sus párpados para detectar luces y sombras, hasta que decidió terminar por esa tarde.
Al día siguiente destapó el lienzo y comenzó a observar nuevamente el gesto del día anterior, y no encontrando nada especial, siguió pintando prolijamente su boca entreabierta, el mentón,… dio algunos retoques al pelo que caía suelto sobre los hombros, para seguir completando el torso, brazos y cintura. Como artista fogueado observó la obra desde diferentes ángulos, para comprobar cómo estaba quedando.
Miraba y miraba el pintor, arriba, abajo, a un lado y otro cuando de pronto sintió una voz que le murmuraba suavemente:
-Maestro ¿Por qué me hiciste tan fea?
El pintor no podía dar crédito a lo que ocurría
-¿Tú puedes hablar? Estoy enloqueciendo. Puedes hablar… No te hice fea ¿cómo puedes saber si eres bella o no, si no te has visto en un espejo?
-Mientras me pintabas ayer, el bastidor se reflejó en el vidrio de la ventana y pude verme. Al sentirme fea y vulgar, tenía que expresártelo de algún modo.
-Te traeré un espejo para que te veas en él y luego me dices que es lo que no te gusta.
…aquí está, obsérvate bien y dime cual es el error que cometí contigo.
-¿Qué me dices ahora? ¿Cuál es tu reproche?
-Me habría gustado ser rubia, tener ojos azules, mi piel blanca y no roja.
-Pero tú estás loca mujer. He pintado lo que yo he querido, yo te he creado así, bella, joven, sensual. Cualquier hombre daría su vida por tener alguien así a su lado.
-Me hiciste pobre, porque mi ropa es pueblerina, no tengo joyas, ni alhajas,… yo aspiro a más.
-Te equivocaste conmigo, porque no pinto a los nobles, ni a los burgueses. Pinto lo que veo alrededor, a gente sencilla, a la gente de buen corazón, pinto al pueblo.
-¿Quién te dijo que yo era de buen corazón?
-No me interesa quien me dijo o no me dijo. Simplemente pinto lo que me nace. No me hables más, mal agradecida, porque si no, te voy a envejecer hasta que parezcas enferma y con dolores, en tu lecho de muerte.
Aquella noche el hombre se desveló con lo que había ocurrido. En medio de sus desvelos, sin querer, despertó a su mujer, la que preguntó qué le ocurría, y él le contó largamente con muchos detalles.
Al día siguiente, frente a la pintura se encontraban la señora de artista con sus hijos y por más que miraban con curiosidad la tela, concluyeron que era tan normal como todas las demás.
Días más tarde el pintor se puso a trabajar en aquella figura, blanqueando algo su piel, le hizo un elegante decorado a su vestido, le arregló algo el cabello, destacándole sus ojos verdes, y aquel cuadro comenzó a irradiar tanta alegría en el rostro, que una vez terminado, los compradores ofrecían cada día más por llevárselo, pero su creador nunca quiso, ni se atrevió a venderlo.
El artista observaba diariamente aquel rostro que lo alegraba, y terminó por encontrarlo su obra maestra. Sus conversaciones con la hermosa joven del lienzo lo cautivaron hasta que perdió la cordura. Desde entonces nunca más quiso salir de ese cuarto para regresar con su familia. Cierto día su mujer lo encontró tan ido, con la vista perdida en el retrato. Semanas después, el pintor se encontraba muerto por ese extraño amor.
Días después del funeral, un notario leyó su testamento ante su familia y amigos íntimos, quedando todos muy consternados que su hija Renata, la joven del lienzo, era la única heredera.
Wilfredo Youlton-2008
En verdad, Raúl se estaba aburriendo soberanamente en la fiesta de cumpleaños de su amigo Ricardo. A última hora Teresa, su prima, había desistido de acompañarlo, debido a una alergia rebelde que la afectaba. Como un cazador furtivo había examinado a todas las mujeres que llenaban en ese momento el amplio salón, sin encontrar nada rescatable. Aquellas que le resultaron atractivas estaban acompañadas de sus respectivas parejas y había otras no tan jóvenes ni hermosas que, al igual que él, realizaban su propia cacería.
Bebía desganadamente su tercer trago cuando advirtió la entrada al recinto de una mujer que, a primera vista, calificó como fabulosa. Morena, estatura media y un cuerpo escultural que parecía querer escapar del ceñido vestido rojo que lo aprisionaba. Ojos verdes y unos labios carnosos y sensuales completaban esta visión que fascinó a Raúl. Y más extraordinario aun le resulto el hecho de que la mujer estaba sola.
Lentamente se fue acercando a ella y en cuanto escuchó una melodía romántica la abordó respetuosamente:
-Perdón, bailamos…
Ella lo miró un poco sorprendida para aceptar luego con un gesto de cabeza.
Después de una conversación inicial muy formal referida a la fiesta misma, Raúl decidió iniciar su ofensiva mientras bailaban.
-Cómo te llamas…. Le dijo con suavidad.
-Anakena…. Respondió ella como en un susurro.
-Anakena…. Me parece un nombre muy hermoso. Fue el comentario de él.
-Es de origen pascuense ….Agregó la mujer. Fue el deseo de mi abuelo, que nació en la isla.
-En realidad, continuó Raul. Es un nombre maravilloso, que sugiere cosas muy lejanas y misteriosas. Y, pensando que había encontrado el tema de enganche ideal, cerro los ojos tratando de acercar más su cuerpo al de la mujer y de apoyar su mejilla contra la de ella.
Pero, en ese momento sintió que le tocaban el hombro, expresándole:
-Perdon, me permite….
Raúl, entonces, se dió vuelta y se encontró con un hombre joven, alto , bronceado, macizo y de buena estampa, quien lo desplazó en forma suave pero con firmeza, para tomar luego a Anakena y salir bailando con ella.
Al momento de alejarse , la mujer sonrió con picardía a Raúl y le dijo:
-Es mi novio…
Sorprendido y abochornado, Raul inició la retirada hacia uno de los rincones del salón, procurando hacerlo con la mayor dignidad y pasar inadvertido.
Tras paladear pausadamente el primer trago que tuvo a la mano e intentando superar la molestia y vergüenza pasadas, se preguntó con rabia:
-Ana…, Ana cuánto se llamaba la galla …
Jose Arjona-2008
Tenía razón mi padre. Creí que nadie podría notar lo de mi linaje. Pensé que a los hombres ya no les quedaba memoria, que por jugar a los dioses, ya no sabían recordar.
Quizás algo en mi rostro delata mi origen, a lo mejor aún les queda un vestigio en sus estrechas mentes.
Sí, todo entre los hombres parece estrecho. Sus rostros son enjutos, necesitan dos ojos para ver, sus pequeñas narices ya no huelen...¡Claro! ¡Cómo soportar tanta fetidez! Estos olores insultan. Sus cabezas son las pequeñas, parecen informes pigmeos. Mi rostro ingente, mis largas y poderosas extremidades deben producirles esos profundos suspiros, esa reverencia con la que encogen sus diminutos cuellos cuando pasan pro mi lado. Padre mío, me decías que mi cuerpo, hijo de dioses, podía parecerles monstruoso a estos hombres sin dios. Mi rostro los estremece y no pueden mirarme. ¡Ay! ¡Todo es tan estrecho! Los automóviles quiebran mis pasos, los grandes edificios me acosan. Pero ellos saben quién soy. Me sumerjo en este subterráneo, en este tren de seres que se empujan, se insultan, luchan por un pequeño espacio de subsuelo... ¡Aquí hace un calor de infierno! Pero no han olvidado mi procedencia y dejan un círculo libre alrededor mío. Aunque me cuesta respirar, al menos sus asquerosos, plebeyos sudores no se pegan en mi piel. Este hedor de hombres me revuelve el estómago. Debí hacerle caso a mi padre. Debí quedarme en casa adormecido con la miel de las tierras de mi madre, con aquel opio del Olimpo.
Si avanzo una estación más la putrefacción va a impregnarse en mis vestiduras, en mis enmarañados cabellos. Subo con esta escandalosa manada por una escalera dueña de su movimiento. ¡Escaleras que suben peldaños! Los hombres han sabido reparar sus olvidos. No parece difícil reemplazar a los dioses. ¡Qué dirías tú, el de los alados pies, poder escalar con esta rapidez y sin la ayuda de Zeus!
Estos hombres ya no saben qué es arriba y qué es abajo. Sus calles y sus plazas parecen subterráneos, el asfalto refleja también su cielo. ¡Esto es insufrible! Mi padre tenía razón, tenía razón...! ¿Pero por qué ya no estás para detenerme, papá, para transportarme a las regiones de las divinidades y hacerme desistir de la gente pegándose a las vitrinas, del mareo de los anuncios y de los hombres que corren?! ¡Los hombres no dejan de correr!
Siento náuseas. ¡Padre mío, siento náuseas! No he podido hablar con nadie, quizás no puedan entender mi lenguaje. Todos van apurados, se pasan, se traspasan..., Sí, han sabido sustituir a los dioses y pretender que los otros cuerpos no los detienen, no frenan su asquerosa carne. Nadie los toca, nadie huele sus miembros putrefactos. Avanzan, padre, avanzan desesperados.
Bueno, todavía algunos reparan en mi presencia, se detienen frente a mí y, en señal de respeto, fijan su vista en el pavimento. A veces, lo dudé. Hubo veces en que no te creí, padre mío. ¡Sí! Mi rostro es de sol. Ninguno de ellos resiste mis ojos de fuego, mi pupilas libres de las órbitas del destino, mi nariz real que expele vientos del Olimpo... Padre, nadie se detiene a mirarme.
Entre la multitud se me oprime el alma. Mi palacio y mis jardines, a los que injurié y llamé "cárcel de dioses", "dorada jaula", parecen en mi recuerdo más espacioso. Los fríos muros de mi habitación me parecen ahora eternos. Anhelo, desesperadamente, el rincón bajo la escalera, el aire de los peldaños.
No, no lo he olvidado. Sé que la desesperación es el veneno de los hombres. ¡Tienes razón! ¡Mil veces tienes razón! Quizás deba volver antes de que su desesperación toque esta carne, este resabio de hombre del que mi divina madre no pudo liberarme.
¡Es que los dioses están muy solos! Sé que es mala compañía la que busco, pero no estás, te fuiste. ¡Padre mío, te fuiste! Y estos rostros se parecen tanto al tuyo, llevan maletines como el tuyo...¿Esconderán también exquisitos manjares?
No debiste dejarme. Mi madre no debió permitirlo. Yo vi cuando te arrancaron del lecho. Tú no querías, me pediste que me apartara, que volviera a mi habitación, pero hablabas extrañas lenguas y yo vi cómo te llevaban. Ella no estaba. ¡No estaba!
Sí, lo sé, las diosas no saben las culpas, no tienen culpa ni memoria. Debiste indicarme mejor el camino al sagrado monte. Reviso mapas, el globo da vueltas y vueltas sobre tu escritorio, pro no encuentro caminos, no hay señales.
Decías que me amaba como a sí misma y que era todos tus pensamientos, pero me olvidó, ella me olvidó. No me permitió borrarla de mi corazón desgranado, pro ella, la diosa, se hizo la desmemoriada. Nos abandonó porque no pudo convertirnos en dioses. Porque, a pesar de sus divinas entrañas, tú mezclaste tu sangre con diamantes y ya no hubo transparencia. Las piedras rojas son volcánicas, dominio del Hades, y no se permiten en los países olímpicos. La divinidad sólo admite transparencias.
Si, padre, ella, la más inteligente de los dioses, nos olvidó por soberbia. Su poder no alcanzó para llevarnos a su cielo y no hay nada que su poder no alcance. Éramos nada y ella no podía amarnos, no podíamos ser todos sus pensamientos, porque ella, la reina de Atenas, no podía cargarnos hasta el Olimpo. Ahora, sólo quisiera saber si su rostro de diosa se parece al mío...
Unos chillidos de bestia hieren mis oídos. El llanto feroz de un niño me trae de regreso a la calle, a este calor insoportable, al tumulto pegajoso. Un niño llora con chillidos de cachorro recién parido. Un niño permanece paralizado, gritando, frente a mí. Su madre lo coge de la camisa e intenta arrastrarlo con ella. El está lleno de terror, pero sigue petrificado en el pavimento y su dedo de filuda roca se clava en mis entrañas y brota sangre. Sangre, padre mío. ¡Sangre roja! ¡Sangre de hombres!
Matilde del Olivar - 2000
Apenas recuperado de la trombosis, Remigio propuso matrimonio a su amante. La mujer suspiró, pensando, cuántos años había esperado esas palabras. Contempló al hombre, el ojo derecho lo tenía abierto, rígido, mientras pestañeaba contínuamente con el otro, las manos le temblaban, sudaba, pasándose un pañuelo por las sienes.
- No volveré a vivir con mi mujer, no regresaré al trabajo ni a la rutina, ¿para qué? uno se muere el día menos pensado.
- Te recuperarás, contestó la mujer pensando en lo que quedaba de aquel hombre.
Lo conoció un día de marzo. Sentados en la misma aula comenzaron los estudios. Era hermoso, jugueteaba con el lápiz, llevándolo a los labios, o golpeando el banco, mientras el profesor dictaba la cátedra.
Le ayudó a estudiar, colocaba las pruebas visibles para que las copiara. Los meses se convirtieron en años. Magdalena redactó la tesis de ambos.
- Mi mujer se quedará viviendo en su casa, nosotros nos iremos al campo. ¿Qué me dices Magdalena, te gusta la idea?
Ella pensó en las tardes pasadas juntos, los árboles inclinados por el viento, el olor a ciruelos en flor, el ladrido de los perros, la inmensa felicidad que ella sentía entre sus brazos.
- Mi hijo mayor se quedará a cargo de la empresa, tiene edad suficiente para asumir responsabilidades.
- ¿Qué edad tiene tu hijo?
- Veinticuatro años.
El había dicho -Te amo Magdalena, pero no deseo una familia. Quiero viajar, vivir, mujer de hijos atan.
Tenían veinticinco años.
- ¿Qué dirá tu mujer, si se lo dices?
- No lo sé ni me importa; lo que me quede de vida deseo compartirla contigo. Te amo, Magdalena.
- Ella te quiere.
- Seguro, ¿pero a qué viene esa pregunta?
- Estaba recordando.
- Nada de nostalgia, tenemos el futuro, cuando se ha estado a punto de morir, se comprenden muchas cosas.
Magdalena nunca había estado enferma. El dolor y la amargura de ser abandonada no puede considerarse una enfermedad. Estuvo semanas sin querer hablar, postrada en la cama, cuando supo de la boda de Remigio.
Nadie resiste una rica heredera, comentaba Sebastián, mientras la hacía beber café y la paseaba por la pieza. No te quedes dormida, no te vas a morir si puedo impedirlo, eres una estúpida te enamoraste de un cafiche que no vale nada, ¡no te desmayes, te llevo al hospital quieras o no quieras.
- Me encontré con Sebastián, dijo la mujer pasándole un vaso con agua, fuimos juntos a comer, sigue casado y tiene varios hijos.
- El mecenas del curso, haciendo siempre favores, estará viejo y barrigón.
- Se considera delgado y con bastante pelo.
Remigio se pasó en forma maquinal la mano por la calvicie. ¿Tratas de molestarme? No lo conseguirás. Esoy tan dichoso de poder hablar, moverme, ni siquiera la cabellera de Sansón, conseguiría irritarme-Además no has contestado a mi pregunta.
No puedo creer que sigas con Remigio, no sientes amor por ti misma Magdalena? Se casó con otra y ahora eres su amante. Sebastián se mecía el pelo mientras hablaba.
- Basta, no me digas esas cosas.
- Estás aferrada a un maniquí, no quieres enfrentar la vida, no escucharás de mi la sublime palabra amor para justificar lo que te has hecho Magdalena.
Cuando despertaron abrazados, se preguntó qué poder tenía Remigio sobre ella; Sebastián era y había sido eficiente, dentro y fuera de la cama.
Entró una enfermera a tomar la temperatura; se marchó anotando cifras.
- Mañana se lo digo a mi mujer, mi decisión está tomada, dime Magdalena, ¿estás contenta?
- Cuánto dinero tienes? - preguntó ella.
- Bastante.
- Has hecho solo malos negocios en tu vida
- Era dinero de mi mujer, para que preocuparnos, tenemos la casa de campo, y mi profesión
- Mi casa y mi profesión, querrás decir, tu jamás has ejercido.
- ¿Qué pasa Magdalena? El hombre trató de incorporarse. Al hacerlo, resbalaron las frazadas dejando las delgadas piernas al descubierto. -Por favor, no vamos a comenzar una nueva vida peleando.
La mujer lo ayudó a recostarse, esponjó los almohadones a su espalda, besó la frente del enfermo. Remigio...Remigio...susurró. Luego, incorporándose con presteza, se dirigió a puerta.
- No voy a casarme contigo, conserva tu esposa, no vas a encontrar a otra que se haga cargo de lo que queda de ti.
Salió de la pieza seguida por la mirada rígida, mientras el ojo sano pestañeaba sin cesar.
Natacha Bañados - 2000